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13 de enero de 2012

MERECIDO RESCATE DE UN ARTISTA SINGULAR

La religiosidad popular según Gramajo Gutiérrez

Por Haydée Breslav

Se cierra hoy la muestra Las cosas del creer. Estética y religiosidad en Gramajo Gutiérrez que, con curaduría de María Inés Rodríguez y nuestro colega Miguel Ruffo, se presentó en el Espacio de Arte de la Fundación OSDE, ubicado en la calle Suipacha 658, donde alguna vez estuvieron los salones de la tradicional mueblería Maple.

La exposición, que se inauguró el 17 de noviembre, tuvo el mérito de rescatar la obra de un artista singular, de innegable valía, fuerte personalidad y auténticamente comprometido con el sentir popular.

Una semblanza
Tras Cartón
asistió a una de las visitas guiadas que ofrecieron los curadores, oportunidad en la que María Inés Rodríguez trazó una semblanza de Alfredo Gramajo Gutiérrez, de quien dijo que “era un agudo observador de la realidad que le dolía” y que “tenía una dualidad: había sido un hombre del norte y eligió vivir en la metrópoli”.

Refirió luego que el pintor “llegó a Buenos Aires con su madre, que era viuda, y sus hermanos” y que “seguramente vinculaciones familiares le habían hecho dar un puesto, acá en Buenos Aires, en la administración del Ferrocarril Central Argentino, que era el que iba al norte”. Prosiguió su relato contando que “empezó a trabajar muy joven, a los catorce años” y que “vivían muy humildemente en una pensión de la calle Charcas, casi Pueyrredón”.
En cuanto al despertar de la vocación, manifestó que “el primer deslumbramiento fue la gran Exposición Internacional de Arte de 1910”, aunque “él ya sabía que le gustaba pintar” y “allí empezó a abocetar”. Después “fue alumno de [Eugenio] Daneri y concurrió a la Asociación Estímulo de Buenos Aires; hacia 1918 se empieza a presentar en salones”.
Relató seguidamente que, “siendo muy joven”, recibió “un gran espaldarazo de [Leopoldo] Lugones, [quien] dice que es el gran pintor nacional”. Precisó que eso sucedió en “la década del 20 y Lugones está pensando en un arte nacional; se ha convertido en el gran poeta de la Nación y se asume como quien legitima no sólo las letras sino también el arte; es crítico de La Nación y allí escribe un gran editorial que, si por un lado es un espaldarazo, también hace que después Gramajo Gutiérrez quede como encorsetado en la definición de Lugones”.
Con respecto a su participación en el quehacer de la época, contó que se hizo miembro de la SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos) y lo definió como “un hombre bastante ecléctico en cuanto a su pensamiento; respeta la tradición y el sentir de lo propio pero también circula con la gente que adhiere a los artistas después de la Revolución Rusa”. Así, continuó, “es muy amigo de [Leónidas] Barletta, el director del Teatro del Pueblo”, y explicó: “Las sociabilidades eran bastante fluidas en un ambiente que estaba empezando a crecer en los comienzos de los 20”.

Informó que “lo que sabemos es que ideológicamente votaba al radicalismo, no votaba al peronismo” pero que “en el 55, cuando triunfa la vanguardia, todo lo anterior es mirado como conservador y decadente”. En ese sentido, tuvo mucha influencia “la mirada hegemónica de [Jorge] Romero Brest, que colocó a [Ramón] Gómez Cornet, a [Luis] Centurión y a mucha gente que había participado de los salones del peronismo, en un lugar un poco ninguneado para la crítica, aun a [Antonio] Berni”.
Es así, dijo, como el realismo y la figuración “quedan como lo decadente y lo atrasado, y la vanguardia es homologada a la universalidad”, y consideró que en ese contexto Gramajo resulta “entrampado en esas cosas tan dicotómicas de vanguardia y tradición”.

“Una etnografía visual”
Por su parte, Miguel Ruffo comenzó su introducción por “señalar la cuestión de carácter general que es aplicable a la totalidad de la obra de Gramajo”, y dijo que para los curadores de la muestra esa obra “constituye una particular etnografía visual”. Precisó que, así como “el antropólogo observa una cultura que, desde la perspectiva de la occidental a la cual pertenece, ha quedado rezagada en el tiempo, y la registra lo más objetivamente posible, asentando en su libreta todas las acciones que ve que en esa cultura se desarrollan, así Gramajo, a través de su plástica, refleja y representa todo el modo de vida y de trabajo de los trabajadores criollos de la zona del Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca”.
Hizo notar seguidamente “una diferencia fundamental respecto del antropólogo”, puesto que “por lo general, este no pertenece a la cultura a la cual está describiendo en su libreta, y en cambio Gramajo sí pertenecía a esa cultura”.
Contó que “había nacido en Monteagudo, Tucumán, cerca de la frontera con Santiago del Estero” y que “si bien desde muy joven se traslada a Buenos Aires, su empleo en los ferrocarriles argentinos lo lleva a viajar permanentemente al interior, a volver permanentemente a su tierra de origen, y es este retornar permanente lo que le permite mantener vivo y presente en su espíritu y en su obra a este trabajador criollo del noroeste argentino”.

Como “otra cosa más de carácter general”, manifestó que “torna visibles, a través de su plástica, a los invisibles de gran parte de la historia argentina”. Al respecto, informó que “la Argentina moderna, y particularmente la Argentina pampeana, se constituye sobre la base de la gran inmigración europea masiva de fines del siglo XIX y principios del XX” pero que “hay otras Argentinas”. Y subrayó: “Está la Argentina indígena, está la Argentina hispanocriolla, y es esta Argentina la que está invisibilizada en la ciudad-puerto, pero que él torna visible a través de su producción; y rescatamos el carácter pluriétnico y pluricultural de la Argentina, no sólo en la época de Gramajo sino en nuestro presente, por eso esta obra es absolutamente contemporánea, aunque fue realizada en la primera mitad del siglo XX”.

El recorrido

El recorrido principió por La muerte del bueno y del malo, un díptico en el que “podemos ver una contraposición” y que “funciona como una antinomia entre una representación y la otra”.
La siguiente parada fue El velorio del angelito. En palabras de Miguel, se trata de “una práctica de tipo sacro muy difundida en algunas provincias del norte, en particular en Santiago del Estero, y partía de la creencia de que cuando un niño moría ascendía directamente al Paraíso”. En ese contexto, continuó, “el velorio del angelito presuponía una cierta festividad, un cierto ritual donde había bailes y canciones”. Destacó asimismo que “lo importante de rescatar de este velorio angelical es la despedida del niño que asciende al Paraíso a través del baile, del canto, de la conversación, o sea que el velorio del angelito es un ritual festivo”.
Deteniéndose frente a La confesión, observó “cómo Gramajo manifiesta la dimensión secreta del rito” pues “no vemos el rostro de la mujer que se está confesando, y que está de espaldas al espectador, ni tampoco vemos el rostro del sacerdote que recibe esta confesión, cubierto por una tela de color amarillo”. Precisó que “la confesión hace parte de la tradición hispanocatólica, o sea que es un elemento total y absolutamente transculturizador que llega a las culturas del noroeste a partir de la conquista y de la colonización españolas” pero que “esta dimensión hispanocatólica también se relaciona con la tradición de las culturas originarias”. Y acotó: “En este óleo, las tradiciones de las culturas andinas las revelamos a través del color de la tela que está cubriendo el rostro del sacerdote: el amarillo, el Sol, el Sol incaico; y recordemos que los incas se consideraban los hijos del Sol”.
Pasando a otra obra, El Cristo de plata, señaló que “por ser de plata, el Cristo participa tanto del simbolismo de la plata como de la plata como metal precioso”. Informó que ese metal “circuló durante toda la época hispanocolonial y la primera década revolucionaria, en función del mercado altoperuano del Cerro Rico de Potosí, centro productor de plata”, y que “parte de la plata que de allí provenía era la materia prima de una de las artesanías, que era la platería, y dentro de ella, la platería sacra”.

Pero, prosiguió, “también desde el punto de vista simbólico, la plata se relaciona con la Luna y con lo femenino, con lo cual hay una contraposición entre el Cristo al que mucho tiempo atrás, en Europa, se lo había asociado al sol”.

Eximio dibujante y excelente colorista

A propósito de Con el santo y la limosna, cuyo personaje motivó que Miguel dijera que “este rostro curtido nos está expresando el dolor del pueblo del noroeste argentino”, estimó que “Gramajo no fue solamente un eximio dibujante, sino también un excelente colorista, y es difícil encontrar en un mismo pintor la destreza en el dibujo y la riqueza de su paleta cromática”, resaltando que Gramajo “supo conjugar ambas vertientes de la plástica”.
Por otra parte, puso de manifiesto que “Gramajo Gutiérrez expresa en la plástica el concepto que Ricardo Rojas vierte en Eurindia, o sea, que la nuestra es una nación donde deben confluir dos tradiciones, por un lado la hispanocatólica que trae el conquistador europeo, y por el otro las tradiciones autóctonas de las culturas de nuestro continente, concepto que también está expresado por [Luis] Perlotti en la escultura”.
Otro trabajo, Los promesantes de la Virgen, le inspiró la siguiente observación: “Los rostros de las mujeres son casi cadavéricos, parecen momias; y esto lo vamos a ver a lo largo de toda la plástica de Gramajo. En una oportunidad le hacen un reportaje y le preguntan si existen los personajes a los cuales pintó, y contesta: ‘Existen pero son aún más dolientes de lo que yo pinté’”.                                    
Con relación a Elecciones en el norte, sostuvo Miguel que “hay ciertos elementos en la plástica de Gramajo que lo permiten asociar al muralismo mejicano, no desde el punto de vista del soporte pero sí desde el de la resolución plástica en su representación”, e indicó: “Esta obra así lo revela”.
Ahondando en la temática, mencionó que “uno de los primeros, si no el primero, en emprender una revalorización del trabajador criollo es [Juan] Bialet Massé, quien, en su Informe sobre el estado de las clases obreras en la Argentina, dice que ese trabajador criollo era refractario a las ideas socialistas y anarquistas y que era confiado, o sea que creía en el caudillo o lo que hoy denominaríamos el puntero político de la región, y votaba conforme a lo que ese caudillo o puntero le decía”.
Asimismo, indicó la importancia de “ver en la representación la compra del voto como parte de las prácticas corruptas de la década del 30”. Recordó “el golpe de 1930, la restauración conservadora y el fraude patriótico” y se preguntó: “¿Cómo se compra el voto?”, para responder, observando la obra: “Con empanadas, vino, guitarreada, mate; esa es la forma de cooptar el voto del elector norteño”.

El tríptico El carnaval de Simoca resultó “importante para hablar de los afrodescendientes, o sea, de la población afro, en el interior de lo que es hoy la República Argentina”. Recordó que “en la época hispanocolonial Buenos Aires fue un puerto esclavista muy importante” y que “desde principios del siglo XVIII muchos esclavos ingresan por Buenos Aires, pero no permanecen solamente en la ciudad, sino que son internados hacia regiones interiores, entre otras al noroeste”, y concluyó que “por eso es que vemos la presencia de trabajadores afro en este carnaval norteño”.

El trabajador criollo, protagonista de la obra

Seguidamente, y contestando una pregunta, afirmó que “Gramajo representa al trabajador criollo en la esfera del trabajo, en la esfera de las fiestas y diversiones y en la esfera de las devociones y ritos, o sea que su obra constituye una representación integral del modo de vida de aquel”.
Pasando al último sector de la muestra, consagrado al trabajo, dijo, deteniéndose frente a El aserradero chaqueño, que esa obra daba “para hablar de varias cosas”. En primer término lo hizo “del bosque chacosantiagueño y de la tala indiscriminada de la época”; después se refirió a la madera, con la que “se hacían los durmientes de las vías férreas, pero también se destinaba a la ebanistería para la fabricación de muebles y se usaba como leña en la calefacción”.
Con relación al obrero criollo, explicó que “lo vemos trabajar en quebrachales, obrajes, ingenios y otras tantas actividades de las economías del interior” y que “en el aserradero nos encontramos con un grupo de trabajadores criollos en una actividad con antecedentes en la época colonial, pues en el Tucumán se explotaba la madera con el objeto de fabricar carretas”. Precisó que “es una actividad tradicional, pero modernizada por la nueva economía, no en función de la exportación, sino para el mercado interno”.
Por último, hizo un ilustrativo comentario a propósito de La feria de Simoca. “Esta feria", hizo saber, “tiene su origen en el siglo XIX”. Recordó que “Simoca es una pequeña localidad de Tucumán” y que “las ferias como actividades comerciales y de sociabilidad se remontan a la Baja Edad Media europea, con el desarrollo de las artesanías y del comercio”.
Y prosiguió: “Estamos frente a una actividad con antecedentes europeos en el interior mediterráneo. Plásticamente, se nos presenta como un mundo abigarrado y heterogéneo: son múltiples los personajes representados, que se encuentran en una pausa en el trabajo”. Destacó que “la feria es un ámbito de sociabilidad, asentada ciertamente en el mercado, pero que lo rebasa como ámbito de participación social” y que “también es, en cierta medida, el momento de una diversión, de una distracción”.

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