Mayo 2012
LA SUBDIVISIÓN BARRIAL DE LA CIUDAD
Entre lo jurisdiccional y lo cultural
Por Miguel Ruffo

En este mayo se cumplen cuarenta años de la ordenanza complementaria de la sancionada en abril de 1972 por la cual nuestra urbe quedaba dividida en 46 barrios. Los límites administrativos impuestos por esa norma fueron tan controvertidos como los anteriores y como los establecidos por la actual ley de comunas: una larga historia de discordancia entre lo que se legisla y lo que perciben los diversos vecindarios como sentido de pertenencia.
La ordenanza 26.607 sancionada el 21 de abril de 1972, complementada por otra del 4 de mayo de 1972, dividía a Buenos Aires en 46 barrios, que luego se incrementaron a 48 con la formación de Puerto Madero y la restitución como barrio de Parque Chas, inicialmente incorporado a Agronomía.
“En la actualidad –leemos en el libro Ciudad de Buenos Aires. Un recorrido por su historia– la ciudad de Buenos Aires se encuentra dividida en 48 barrios, cada uno con sus propias características y un definido tono local. Muchas veces sus denominaciones no se ajustan al sentido de pertenencia de los propios vecinos sino que adoptan la forma determinada por límites trazados por la administración municipal”.
La ley 1.777, de 2005, derogó la ordenanza 26.607/72 y sus modificatorias, y dejó establecido que “la ciudad de Buenos Aires se divide en quince comunas en cuyos límites se incluye generalmente más de un barrio”. Pero estas son cuestiones que hacen a la administración y gestión política de la ciudad y que con la frialdad de la ley no alcanzan a comprender el dinamismo de los barrios. ¿Cuál es el origen de estos?
Cuando fue fundada Buenos Aires por Juan de Garay en 1580, se le dio una planta en damero o cuadrícula. Esta organización espacial tiene su más remoto origen en las ideas urbanísticas del griego Hipodamo de Mileto, quien planificó ciudades de planta cuadrangular dividida por dos “avenidas” perpendiculares, que daban origen a cuatro cuartos o cuarteles. Cada uno de estos cuartos son el antecedente conceptual urbanístico más remoto de nuestros barrios. Pero lo son sólo desde el punto de vista formal o teórico.
Cuando Buenos Aires se convirtió en una realidad física, a medida que fue creciendo, fue dando origen a arrabales por oposición al centro dado por la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo), y hacia 1729 había ya tres arrabales, que eran los del Alto de San Pedro, el Barrio Recio y el Barrio de San Juan.
Años más tarde, en 1769, la ciudad fue dividida, desde el punto de vista eclesiástico, en seis parroquias: San Nicolás, Socorro, Concepción, Montserrat, La Piedad y Catedral. A estos barrios, que Cutolo denomina “coloniales”, la Buenos Aires criolla (1820-1850) agregó los barrios de la “ciudad federal”.
Por la época de Juan Manuel de Rosas, la ciudad estaba dividida en 29 cuarteles o barrios: “Junto con Santo Domingo –dice Miguel Guerín, citado por Cutolo–, barrio tradicional… también San Ignacio, San Francisco, San Juan y San Miguel eran barrios residenciales. Montserrat, Concepción, San Nicolás, La Residencia (San Telmo) y Las Catalinas eran barrios apartados”. Se observará que los barrios se articulaban en torno a una iglesia, de donde provenía la división de la ciudad en parroquias. Dice Cutolo: “Así se configura esa primera generación de barrios porteños, de nomenclatura religiosa y de población criolla. Eran los barrios de la ciudad aldeana; cuando la ‘aldea’ dejó de serlo, quedaron como olvidados en un mundo urbano desconocido. Apenas algunos son todavía ‘barrios’; los otros subsisten sólo como parroquias”.
La Buenos Aires criolla, con la gran inmigración europea de fines del siglo XIX y principios del XX, se convirtió en la ciudad aluvial. Buenos Aires creció espacial y demográficamente y se formaron los “barrios gringos”, como La Boca, Villa Crespo, Villa Devoto, Villa Urquiza o Versalles.
Scobie, en un trabajo ya clásico, Buenos Aires del centro a los barrios, señala cómo, con el desarrollo de la red tranviaria y ferroviaria, los suburbios o arrabales fueron progresivamente poblados, asentándose este poblamiento en la división, loteo y remate de tierras. Antes del desarrollo del tranvía, los obreros residían mayoritariamente en los conventillos de la “zona céntrica” de la ciudad; con el nuevo medio de transporte, para un sector de la clase obrera se tornó posible comprar un terrenito y levantar su casa.
Debemos diferenciar los barrios de la nomenclatura urbana, como por ejemplo Balvanera, y la identificación de la población con un “barrio” determinado, como Abasto, Once o Congreso. Asimismo “barrio norte” no es un barrio desde el punto de vista del nomenclador, aunque sí lo es en el sentido de pertenencia a un lugar por determinado sector de la población. Si decimos “barrio norte”, enseguida se nos forma la idea de una zona poblada por la burguesía más adinerada y, en efecto, en parte es así, aunque la denominación que corresponde a dicho barrio es La Recoleta.
Hay barrios que comenzaron siendo pueblos de la campaña de Buenos Aires y que luego fueron incorporados al radio de la ciudad: se trata de los barrios de Flores y Belgrano. También en cierta medida La Boca comenzó siendo un “pueblo” de las orillas, donde la ciudad tenía su tradicional segundo puerto, para luego integrarse como barrio a la misma. Hay barrios residenciales, como el ya citado de La Recoleta o una parte de Palermo, y barrios fabriles (aunque hoy deberíamos decir, merced a las políticas neoliberales, ex fabriles), como Barracas. Hay barrios muy conocidos, como Palermo o San Telmo, y otros prácticamente desconocidos, como Monte Castro o Villa Real.
El historiador y amigo Ángel Prignano, en su libro Barriología y diversidad cultural, inserta los estudios de los barriólogos dentro de lo que podríamos denominar microhistoria o “historias regionales o provinciales”: la pequeña y fascinante historia viva de la cotidianeidad de millares de hombres y mujeres en sus lugares de residencia y trabajo, definidos o caracterizados por las instituciones existentes en ese barrio, como clubes, sociedades de fomento, bibliotecas populares, plazas y parques, cafés y confiterías, y desde ya las viviendas.
Las Juntas de Estudios Históricos de los barrios –habiendo sido la pionera la de Flores, fundada en 1938– son instituciones que merced al trabajo historiográfico de sus miembros contribuyen al conocimiento del pasado del barrio y de sus vecinos. Hoy la mayoría de los barrios encuentra amenazada su identidad por los negocios inmobiliarios y todo lo que tenga que ver con las especulaciones en torno a la renta del suelo.
Para terminar, unas palabras sobre los barrios en los que circula este periódico: La Paternal, denominación que se tomó de la Sociedad de Seguros La Paternal, destinada a dotar de viviendas cómodas y baratas a sus asociados, y Villa Mitre, que recuerda a Bartolomé Mitre, presidente de la Nación entre 1862 y 1868 y uno de los fundadores de la historiografía argentina a través de dos trabajos medulares: Historia de Belgrano y de la independencia argentina e Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana.

