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 17 de junio de  2019
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Horacio Salgán: la consagración de un estilo

Horacio Salgán: la consagración de un estilo

El viernes 19 de agosto último, a poco más de dos meses de cumplir cien años, murió Horacio Salgán.

Es sabido, aunque acaso convenga recordar, que había nacido en el gardeliano barrio del Abasto el 15 de junio de 1916. Era muy chico cuando comenzó sus estudios de piano, en los que tuvo como maestros a figuras de la envergadura de Vicente Scaramuzza y de Raúl Spivak, entre otros. A esos estudios se consagró plenamente, en detrimento incluso de los formales: él mismo contó que no había cursado la escuela secundaria.

Se ha dicho que residió en el barrio de Villa del Parque, donde a principios de la década del 30 se inició profesionalmente amenizando al piano la proyección de películas mudas en el desaparecido cine Universal, y que supo tocar el órgano en la parroquia San Antonio de Padua, de Villa Devoto.

Después de pasar por conjuntos de tango y de otros ritmos, ingresó en la orquesta de su admirado Roberto Firpo; en 1944 debutó con la suya propia, que integró con destacados instrumentistas (Ismael Spitalnik era el primer bandoneón) y con notables cantores como Edmundo Rivero, Jorge Durán y Oscar Serpa. Sin embargo, gerenciadores culturales de la época, sorprendidos y hasta alarmados por el original sonido de la orquesta y el infrecuente registro de bajo de Rivero, les negaron el acceso a la radio y a las salas de grabación.

Así y todo, Salgán –que en todo momento defendió a Rivero- logró mantener esa orquesta hasta 1947. Tres años después volvió a intentarlo, también con distinguidos músicos, y cantores como Roberto Goyeneche y Ángel “Paya” Díaz. Esta vez sí pudo grabar, dejando registros de entre los que descuellan las excepcionales versiones de tangos clásicos a los que, sin dejar de mostrar un profundo respeto por el autor, les estampa la señal de su inconfundible estilo. En ese sentido merecen citarse Responso, de Troilo; Recuerdo, de Pugliese; Tierra querida, de Julio De Caro; Milonguero viejo, de Di Sarli; Mi refugio, de Cobián, y la excelente La clavada de Zambonini, por no nombrar más que algunos. Y poco antes de disolver esta segunda orquesta grabó en Montevideo, en 1957, dos tangos con Rivero: La casita de mis viejos y La última curda.

Cuatro años después armó otra orquesta para grabar, también con Rivero, doce piezas antológicas, de entre las que sobresalen los tangos La uruguayita Lucía, Canchero y Trenzas, y el vals A una mujer, del propio Salgán.

Hacia fines de los 50 ya podía advertirse que por distintos factores, de los que el negocio discográfico y el de difusión estuvieron entre los principales, la baja del tango era inevitable. Comenzaron a escasear las fuentes de trabajo: los directores debieron disolver las orquestas porque no podían mantenerlas y grandes músicos se agruparon en pequeños conjuntos.

Fue así como Salgán formó dúo con Ubaldo De Lío: esa combinación sonora de piano y guitarra eléctrica, novedosa y extraña entonces, obtuvo sin embargo la aprobación y el reconocimiento del público.

A principios de la siguiente década, quedó conformado un conjunto que, junto con el cuarteto encabezado por Troilo y Grela, fue el que alcanzó mayor trascendencia: nos referimos, claro, al Quinteto Real, integrado por Salgán en piano, Pedro Láurenz en bandoneón, Enrique Mario Francini en violín, De Lío en guitarra eléctrica y Rafael Ferro en bajo, reemplazado más tarde por Kicho Díaz.

En las interpretaciones de esta formación los instrumentos se lucen, dialogan, se alternan, se interpelan; el ritmo restalla; en torno del tema original, que permanece inalterado, juegan y se agitan inusitadas variaciones.  

De las grabaciones del Quinteto, recomendamos no perderse las exquisitas versiones de Canaro en París, Ojos negros, El choclo, La puñalada, Mal de amores, El amanecer y Pobre gallo bataraz. (Recomendamos asimismo no confundir con versiones de las mismas piezas por el Nuevo Quinteto Real).

El Quinteto se disolvió a fines de la década, y Salgán volvió a presentarse con De Lío, con quien actuó hasta mediados de los 70. Se unió asimismo con otros intérpretes para participar en espectáculos ocasionales.

A pesar de haber anunciado su retiro de los escenarios, accedió a subir al montado en la avenida 9 de Julio durante los festejos del bicentenario de la Revolución de Mayo, donde tocó junto a De Lío y otros músicos.

De su estilo y obra

Como todos los grandes músicos de tango de su época y de las anteriores, se caracterizó por lucir un estilo propio. En declaraciones periodísticas manifestó, con la modestia de los talentosos, que nunca se lo había propuesto y que le había salido espontáneamente.

Lo halló en el piano y lo trasladó luego a sus orquestas y al dúo y al quinteto que integró. Consumado ejecutante, había alcanzado en el teclado un singular equilibrio entre la solidez de la técnica y una especial gracia expresiva: de esa conjunción surgió un lenguaje pianístico caracterizado por un toque afiligranado, dotado de fresca vivacidad y matizado con un brioso dinamismo.

Sobre esa base supo desarrollar un sonido completamente diferente del de sus contemporáneos y de quienes lo precedieron, definido por la agilidad y vehemencia de los ritmos, la riqueza de las armonías y los juegos y combinaciones de motivos melódicos, que el maestro no desdeñó redondear con una serie de figuraciones que Arturo Penón comparó con el rococó mozartiano.

“Empecé a componer porque quería tocar un tango que fuese de una manera determinada y los que había más o menos sobre esa idea ya los había tocado”, contó Salgán, cuya producción autoral ostenta efectivamente todos los rasgos distintivos del estilo del maestro. Se hacen notar en esa obra, por otra parte, la exuberancia de la fantasía melódica, la elegancia y profundidad de las ideas, la elaborada factura.

Es preciso mencionar, en primer término, A fuego lento, uno de los tangos más significativos desde el surgimiento de la Guardia Nueva, síntesis de audacia, novedad e imaginación. Sobresalen también los tangos A don Agustín Bardi, Del 1 al 5, Grillito, La llamo silbando, Tango del eco y Aquellos tangos camperos (este último en colaboración con De Lío), los valses A una mujer y En tu corazón, ambos con letra de Carmelo Volpe, y Motivo de vals, con versos de Carlos Bahr; la milonga Cortada de San Ignacio, con letra de Volpe y, entre las piezas menos conocidas, el Malambo de las campanas y la zamba Y me quedo aquí, con versos de Hamlet Lima Quintana.

Para Julio De Caro, Salgán fue un “extraordinario pianista y director de orquesta de avanzada, representativo en grado sumo de la Guardia Nueva”; Luis Adolfo Sierra lo definió como “una de las personalidades más importantes del tango moderno”. Nosotros decimos, simplemente, que fue uno de los últimos grandes que merecieron el apelativo de tangueros.



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