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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 20 de enero de  2019
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“Los pañuelos no son una bandera”

“Los pañuelos no son una bandera”

Nunca pudo saber de dónde y cuándo se llevaron a su hijo, pero desde el 18 de febrero de 1977 no lo volvió a ver. Ese día, un grupo de tareas irrumpió en su casa del barrio de Flores y recuerda el hecho como si hubiera sido embestida por “medio tsunami”. A cuarenta años del nefasto golpe de Estado de 1976, charlamos con Elia Espen, una Madre de Plaza de Mayo que cuestiona que los derechos humanos se encuentren acotados a la reivindicación de los desaparecidos durante la última dictadura y sean botín de un gobierno.

Con sus casi 85 años, Elia Espen honra con su andar infatigable su condición de Madre de Plaza de Mayo.
Hija de un obrero socialista italiano perseguido por Mussolini, ya traía en sus genes una tradición de lucha contra las injusticias sociales que se puso a prueba de la manera más cruel a partir de tener que enfrentarse con la desaparición de su hijo Hugo Miedan.
Precisamente, a casi cuarenta años de sucedido, Elia tuvo la oportunidad de declarar por primera vez sobre ese terrible episodio en una fecha tan emblemática como el 8 de marzo. Lo hizo ante el Tribunal Oral Federal N° 2, a instancias de la Asociación de Profesionales en Lucha (APEL) y en el marco del juicio de la causa Atlético-Banco-Olimpo (ABO).
Elia Espen nació el 3 de julio de 1931. A los trece años ya estaba trabajando en una fábrica, como era común entre las jóvenes humildes. Le hubiera gustado estudiar bioquímica, pero el mandato materno fue contundente: “Corte y confección”. Elia no reniega de ese oficio, con el cual pudo hacerles toda la ropa a sus seis hijos. Muchos años después, recuerda, ya grande y gracias a la insistencia de sus hijas, hizo un curso de instrumentista y logró entrar en el hospital Garrahan como asistente de laboratorio. Allí se jubiló.  
Hoy Elia vive en Bella Vista con una de sus hijas y dos nietas. Además de madre, abuela y bisabuela de varias generaciones, Elia participa –cuando puede, nos aclara– en las actividades que la Mesa Coordinadora de Jubilados y Pensionados realiza todos los miércoles frente al Congreso: allí, junto a sus compañeros, solicita la firma de los transeúntes para exigirles a los diputados que les devuelvan el 82% móvil, entre otras cosas.

–¿Quién era Elia Espen en marzo de 1976, cuando se produjo el golpe?
–Yo era un ama de casa, pero sabía todo lo que estaba pasando. ¿Y por qué? Porque mi hijo [Hugo Miedan, el segundo de los seis y único varón] estaba en cuarto año de Arquitectura, trabajaba en la editorial El Derecho y, por supuesto, militaba. Militaba en el PRT [Partido Revolucionario de los Trabajadores]. Cuando Hugo venía de la facultad, me contaba todo lo que estaba pasando allá: que había desaparecidos, que hasta los decanos estaban involucrados...

–¿En qué circunstancias desapareció Hugo?
–Hugo iba a venir a cenar. Yo me desperté a la mañana, enfrente de mi casa había un almacén; crucé. La señora del almacén me dice: “Elia, me parece que está pasando algo en su casa”. En ese momento estaban dos de mis hijas solamente. La más chica, que tenía once años, y la de veintitrés. Corrí, crucé la calle, fui a abrir la puerta, que ya estaba rota, me agarra uno del brazo y grita: “¡Acá hay otra!”. Me vendaron los ojos. Arriba estaba la habitación de mi hijo y la de mis dos hijas. Con los ojos vendados me llevaron a la habitación, me tiraron en la cama donde ya estaban mis hijas ahí acostadas, llorando por supuesto. Lo que hice fue tocarlas para que sepan que era yo. Pero fue un segundo nada más. Me volvieron a hacer bajar la escalera, pero me habían agarrado de los hombros. “Te tiro y no te tiro”, decían.  Fue un suplicio bajar esa escalera porque pensaba que en cualquier momento me iba a dar la cara contra el piso, pero no me tiró. Era para hacerme una tortura, insultándome y diciéndome de todo. Bueno, me llevó a mi habitación, con los ojos vendados. “Hijo de mala perra, yo te tengo que ver”, pensaba. Me destapé, así [Elia junta los dedos como para dar a entender que fue apenas]. Me dio una trompada que de este oído casi no escucho, porque  prácticamente me lo reventó. Pero su figura me quedó grabada. Era un rubio. Pelito todo enrulado y tenía un pilotín del ejército. Verde. En el torso tenía una cruz que le había robado ya a mi hija. Me volvió a tapar los ojos, siguió revolviendo y robando. Me sacó al patio. Me sacó la venda y de la puerta me dijo: “No salgan a la calle por dos horas”. Se fueron después de haber estado cuatro, cinco horas. Lo primero que hice fue ir a ver a mis hijas. A la de once años la levantó de la cama y con la itaka le dejó una marca en la espalda y golpes en la cabeza. Once añitos. Y a la otra le retorció bien los pezones y la manoseó. Suerte que no la violaron. Les dije a las chicas que se queden tranquilas. Les preparé el desayuno, me quedé un rato con ellas mientras tomaban algo y después les dije: “Bueno, se quedan acá tranquilas, me voy a recorrer la casa”. A la casa parecía que había entrado medio tsunami, no te digo un tsunami completo, medio tsunami, porque de la pieza de Hugo habían sacado hasta la cama afuera y la habían tirado en la terraza.

–Se supone que buscaban información…
–Y vos sabés que no había nada. Yo te lo aseguro que no había nada en casa. Si en algo Hugo tenía cuidado era en eso.

–Decías que te devastaron la casa…
–El otro día mi hija, la más chica, se acordaba –porque ella cumple años el 15 de febrero y esto pasó el 18– que Hugo le había regalado unos libros de cuentos, de esos que tienen como en relieve las figuras. Hermosos. Hasta eso se llevaron. Se llevaron todo lo que pudieron, porque agarraron sábanas y adentro de las sábanas camperas, pantalones, zapatos... La cuestión es que enseguida agarré y llamé a mis otras hijas. Vinieron a casa, les conté y vieron todo lo que estaba pasando. Entonces uno de mis yernos dice: “Elia, yo conozco a un abogado”. Fue a ver al abogado y el abogado no lo quiso hacer [el habeas corpus], pero sí me lo mandó y yo lo hice manuscrito y ahí empecé a llevarlo a Tribunales. Pero eso fue al día siguiente. Ese mismo día mis hijas me dicen: “Mamá, ¿por qué no vamos a la comisaría?”. Yo vivía en Flores, en la calle Páez entre Boyacá y Andrés Lamas, a dos cuadras de la comisaría 50. Dos cuadras cortas. Sabía cómo era la historia, pero fui para darles el gusto a ellas. Sabía que mi denuncia la iban a tirar a la basura. Después, caminando hasta la otra esquina donde está la iglesia [Parroquia de la Asunción de la Santísima Virgen], nos fuimos a ver al cura. Entonces le conté. A todo esto, mi cara era un moretón. ¿Y sabés lo que me dijo? “Y bueno, señora, con lo que ellos hacen”.

–El mismo sentido que la frase “por algo será”…
–Por eso digo que se rescata a una parte de la Iglesia, no toda. Algunos, espiritualmente por lo menos, nos hubieran dado un consuelo. Porque eso es lo que le corresponde a la Iglesia, creas o no creas.

–¿Y tus vecinos?
–A la mañana siguiente de lo que pasó en casa, salgo a hacer las compras. “Buenos días”, saludo. No me contestan. Pensé que tendrían algún problema. Volví al otro día. Nadie me saluda. Todos me retiraron el saludo. Todos. No me miraban. A su vez, la nena estaba acá y enfrente jugaban dos amiguitas que venían a casa o la nena iba a la casa de ellas, porque fuimos a vivir ahí cuando ella tenía dos años y medio. Nadie se acercaba. O sea que ella, sentadita en la puerta, llorando porque veía a todas sus amigas ahí. Por eso digo: la desaparición fue terrible hasta el día de hoy, y así pasen 50, 60, 100 años, si uno llega a vivir, no te podés olvidar y te sigue la misma angustia de lo que quedó, lo que pasó después. Perdés amigos, perdés familiares, perdés vecinos, perdés todo. Todo. Te quedan las secuelas de una angustia terrible, no solamente a mí, que soy la mamá, sino que a los chicos también. Todos.

–Hicieron desaparecer la solidaridad también…
–Como sacaron las sábanas, paquetes de sábanas con ropa y con todo lo que podían encontrar, lo que se corrió por el barrio es que éramos contrabandistas. Tengo una amiga desde los nueve años, casada con un militar –que ahora murió– que fue la única amiga que estuvo al lado mío. Y él. Ellos estuvieron al lado mío. Venían a casa y yo iba a casa de ellos. Así, abiertamente, no ocultaban nada. Él estaba retirado, pero igual podía haber defendido a sus… Para nada. En total desacuerdo con lo que hicieron. Por eso te digo lo mismo que digo de la Iglesia. Hay excepciones. Pero la mayoría han sido un desastre.

–¿Cómo te pusiste en contacto con otras madres?
–Al día siguiente llevé el habeas corpus a Tribunales. Posiblemente nosotras, las madres, habríamos tenido algo en la cara que la otra madre lo detectaba: la cara de sufrimiento, de angustia... Cuando salgo después de presentarlo, había una madre en la puerta. Me dice: “Disculpá, ¿a qué viniste?”. Y yo pienso: “Le digo o no le digo...”. “Sí, mirá, vine a presentar un habeas corpus”. “¡Ah! Yo también. Yo también tengo un hijo desaparecido”. Y así fue cómo nos empezamos a juntar.

–¿Cómo se fueron organizando?
–Nosotras no teníamos dónde estar. Nos cobijó la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. Ellos nos dieron un lugar físico. Ahí nos reuníamos al principio. Yo conocía a Azucena [Villaflor], a [María] Bianco y [Esther] Careaga. Hebe [Bonafini] en ese entonces no se veía mucho o no me acuerdo directamente de ella. Desde Familiares [de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas] se decía algo de no ponerse el pañuelo. Pero Lilia Orfanó, que es una de las precursoras de Familiares, y yo, un día nos sentamos y dijimos: “Che, ¿por qué no nos vamos a poner el pañuelo si somos madres?”. Así que empezamos a integrar la ronda con pañuelos.

–Entonces, en el grupo marchaban algunas con pañuelo y otras sin pañuelo…
–Si vos agarrás las primeras fotos, las ves a todas sin pañuelo. El pañuelo lo empezamos a usar en una peregrinación a Luján, porque el asunto era cómo nos reconocíamos entre nosotras. Y a una se le ocurrió que usáramos un pañal, porque antes se usaban los pañales de tela. Después se decidió poner el nombre al pañuelo.

–¿Cuáles fueron los momentos más duros de esa lucha de Madres?
–Yo me acuerdo cuando se llevaron a las dos madres de la [Iglesia de la] Santa Cruz. Azucena, que había sido gremialista, era muy organizada. Entonces venía con unos papelitos, decía: “Vos vas acá, vos andá allá…”. No teníamos lugar físico, había que sacar solicitadas y ¿qué hacíamos? Íbamos a las iglesias. Yo estaba en la Iglesia Betania, que está sobre Medrano al 700. Entonces viene un muchacho y me dice: “Te tenés que ir”. Y yo, medio con chinche: “¿Por qué me voy a ir?”. “Andate porque se acaban de llevar a las dos madres de la Santa Cruz”. Y yo pensé: “¿Qué hago? Si me quedo corro un riesgo, porque si me vino a buscar este muchacho...”. Y se llevaron a las dos de ahí. A Azucena no. Azucena desapareció después, como a los dos días, cuando estaría en su casa; creo que ahí fue cuando la agarran. Pero ahí desaparecieron Bianco, Careaga y otros familiares.

–Ahí fue Astiz el que las señaló…
–¡Astiz! Por eso cuando dijeron de Milani que no podía ser porque era joven, yo a todos los que me preguntaban les dije: “¿Y Astiz qué era?”. Era un joven rubio, muy bonito, y nosotras, las madres, lo defendíamos porque él no se despegaba de nosotras. Decía que tenía su hermano desaparecido. Lo cuidábamos mucho. Teníamos miedo de que le pasara algo. De haber sabido lo que era…

–¿Qué supiste de Hugo?
–Un día, dando vueltas en la plaza –yo siempre tengo la misma foto– se acerca un muchacho y me dice: “¿Vos qué sos?”. Le digo: “La mamá”. “Ah, yo estuve en el Atlético con él”. “¡Ah, bueno! Me vas a contar”. “No”. Cierra los ojos. “Mirá, hay algo que yo aprendí y siempre se lo trasmito a mis hijos: que tenés que saber la verdad, no importa cuál sea. Por más cruel y destructiva que sea, tenés que saber la verdad, porque cuando no sabés la verdad, tu mente trabaja a cien kilómetros por hora”. Lo convencí. Nos fuimos a tomar un café y le digo: “Bueno, empezá a hablar”. Él estuvo en el Atlético. Muy torturado, tremendamente torturado. Como que se había trastornado un poco también. Y después le dieron el vuelo de la muerte. Hasta ahí supe. Lo que a mí me gustaría saber es la otra parte que me falta: de dónde se lo llevaron, cómo y cuándo. Me encantaría saber. No ha aparecido nadie que haya estado con él.

–¿Qué valoración hacés del juicio a las juntas en la época de Alfonsín?
-A Alfonsín le valoro todo eso que hizo. Después pudo haber metido la pata con la obediencia debida y qué sé yo. Pero se jugó y que nadie se lo quite, porque otro no lo hizo.

–¿Y de los gestos del kirchnerismo para promover la reapertura de causas?
–Cuando nosotras éramos perseguidas, ¿adónde estaban? Estaban en Santa Cruz, ¿haciendo qué? Estaban con la 1050. Y eso el que no sabe que lo averigüe. Seguro que algún día se les ocurrió: “Bueno, vamos allá porque se nos terminó la historieta acá en Santa Cruz”. Pero cuando estaban allá podrían haber mandado un papelito chiquitito, diciendo: “Señoras, estamos con ustedes”. No lo hicieron. Hicieron acuerdo con los milicos. Hay fotos, les guste o no les guste. Ojo, hicieron cosas buenas, pero hicieron cosas malas también. Porque cuando desapareció [Julio] López no lo nombraron. Cuando desapareció [Luciano] Arruga tampoco lo nombraron...

–Cuando decís cosas buenas, ¿a qué te referís?
–Por ahí, que movieron un poco la historieta con los juicios y todas esas cosas. Pero no se profundizó. Porque en tantos años algo tendría que haber salido en limpio de todo esto. Y no que, encima, estén juzgados y en su casa como grandes personajes. Si yo salgo a robar, a mí no me van a meter en mi casa, me van a meter en la cárcel y ahí me voy a repudrir. ¿Por qué? Porque soy una más entre todos. Y ellos no. Todavía siguen teniendo privilegios.

–¿Qué importancia le atribuís a la recuperación de espacios para la memoria, como la ex ESMA?
-Mirá, yo no estoy de acuerdo con que la ESMA pase a ser patrimonio de Estado. No. Yo me acuerdo cuando hicieron los asados y yo fui con un grupo de ex detenidos. Fue ahí también María Esther Tello. Estuvimos ahí, en la ESMA, justamente criticando ese actuar, porque los asados tienen algo mucho más profundo. Porque cuando [los secuestrados] se les morían antes de tiempo los asaban. Entonces es ofender la memoria de todos los desaparecidos y la memoria de los familiares. No podés hacer un asado en un lugar en el que se asaron cuerpos. Por eso no estoy de acuerdo. Para mí, este gobierno [kirchnerista] quiso adueñarse de todo, hasta de los pañuelos blancos. Y los pañuelos no son un escudo ni una bandera. Los pañuelos son algo de uno, que significa un sufrimiento, una angustia, muchas lágrimas…

–¿Qué opinión tenés del alineamiento político que se estableció entre importantes referentes y organismos de los derechos humanos con los gobiernos de la etapa kirchnerista?
–Me parece muy malo. Yo pienso que los organismos, por más que los hayan ayudado, siempre tenían que haber quedado aparte. No se puede aceptar... sí la ayuda económica –por ahí si querés hacer algo, querés seguir haciendo por los desaparecidos–, sí la ayuda espiritual, pero no como lo que desgraciadamente pasó con la Universidad de las Madres. Una pena porque la tuvieron que cerrar. Eso es lo que yo no acepto. Tendría que haber estado totalmente aparte. Como los centros, tanto sea la ESMA u otro; todos aparte. Ningún gobierno se puede apropiar del sufrimiento de tantos años, de tanta gente. No admito bajo ningún punto de vista que te paguen, que lucren con la vida de los chicos.

–¿Cómo ves la situación de los derechos humanos en la Argentina de hoy?
–Yo tengo fe que pueda cambiar, pero como hay tanta desunión, hay tanto quilombo, van a hacer lo imposible por desprestigiar todo. Tenemos un objetivo común: querer cambiar tantos años de sufrimiento, de angustia. Quiero que los jóvenes caminen por la calle, que caminen tranquilos, que no se sigan peleando, como hay peleas que porque vos sos macrista, porque vos sos peronista… Se matan. ¿Vos sabés que hay familias que yo conozco destruidas por la política? ¿Podés creer? No es justo. Eso es porque un gobierno que siempre estuvo chicaneando, altanero, y buscando discordia consiguió que toda la gente que estaba alrededor se copie. No tiene que ser así. Cada uno tiene que pensar lo que se le da la gana y yo te voy a respetar, siempre y cuando me respetes a mí, por supuesto.

–Por último, Elia, ¿podés explicarnos qué son los archivos de la dictadura, qué información contienen y a qué obedece que hayan pasado tantos años y ningún gobierno haya tomado la decisión política de abrirlos?
-Los milicos siempre fueron muy cuidadosos. Entonces, todo eso lo tienen que haber tenido detallado. Aparte no sé si escuchaste que habían aparecido algunos archivos. Y de esos archivos a mí nadie me dijo nada, ni a muchas madres. Quedó, creo, en la parte de Hebe. Los archivos están. Escondidos, pero están. Si aparecen esos archivos, yo creo que muchas grandes empresas van a quedar involucradas: la Mercedes Benz, la Ford fueron utilizadas como centros clandestinos también. Blaquier, por ejemplo... Yo fui a muchas marchas allá en Jujuy, y bueno, Blaquier fue el que ayudó con sus coches... Y ahí está: en su casa. Lo dejaron salir. Entonces, eso por lo menos este gobierno que pasó no lo hizo. Hay mucha mucha gente poderosa metida adentro de eso. ¿Sabés también lo que me da bronca? Es que se van muriendo muchas madres. El otro día se murió una de 101 años [Juanita de Pargament]. Se murió una gran amiga mía de La Plata, María Esther Tello; tres hijos desaparecidos. Nos queríamos muchísimo, pese a que ella se exilió en Francia. Y eso me dolió mucho. Que se vayan sin saber. Pero ¿por qué no saben? Porque no hubo un juez, nadie que se pusiera las pilas y dijera: “Vamos a averiguar”. ¿Puede ser que en cuarenta años no haya nada en concreto? Salvo un grupito de implicados que, de última, se mueren en su casa con los mejores médicos y atendidos. ¿Por qué? Yo quiero que alguien me lo explique.


“Hugo, ¿qué hiciste?”
“Hugo iba a una escuela en la calle Maza y Colombres porque vivíamos ahí en el barrio de Almagro. Un día me llama el maestro de él, de 6° grado. Yo le digo: ‘Hugo, ¿qué hiciste’. ‘Nada, mamá’. ‘Pero algo hiciste si me mandó llamar’. Entonces le pregunto al maestro: ‘Perdón, ¿qué hizo?’. ‘Nada, señora’. ‘¿Y para qué me mandaste llamar?’. ‘Para felicitarla’. ‘Ah, bueno. ¿Felicitarme por qué?’. ‘Porque su hijo escribe excelentemente. Para que lo incentive’. Y es cierto, escribía unas composiciones… En esto salió a la madre. Todavía me gusta escribir”.

Japonesita solidaria
“Mi hija estaba un día sentada mirando cómo sus amiguitas jugaban enfrente. De repente aparece la japonesita, de la edad de ella, que era su amiga, porque enfrente había una tintorería. Era la hija del tintorero. Viene esa chica, se sienta al lado de Gaby, y le digo: ‘¿Qué hacés, Patri, acá?’. ‘Mi papá me mandó: «Andá y sentate al lado, me dijo»’. Mirá... Un japonés. Ellos no me retiraron el saludo en ningún momento”.

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