17 de marzo de 2011
NUESTRO LIBRO DEL MES: CAFÉ DE HANSEN. HISTORIAS Y HALLAZGOS EN PALERMO
Leyenda y verdad de un restaurante

Por Roberto Selles
Escrito por Néstor J. Zakim, Alberto Gabriel Piñeiro, Daniel Schávelzon, Patricia Frazzi y Mario Silveira, con prólogo de Liliana Barela, Café de Hansen. Historias y hallazgos en Palermo, es un libro de investigación que ofrece un interesante aporte al universo de la cultura porteña.
Los lugares de tango abundaban en aquellos días limitados por 1860 y 1920, pero sólo de unos pocos nombres ha quedado memoria, porque, por dar contados ejemplos, ¿quién tiene hoy conocimiento del Peringundín de los Pescadores (en La Boca), del Stella di Roma, del Café de Adela Álvarez (ambos en San Nicolás, es decir, el Centro), de la Academia de Carmen Gómez (en Congreso), de la Carpa del Sargento Maciel (en Retiro) o de la Cancha de Rosendo (en Belgrano)? En cambio, no muchos de ellos pueden resultar más o menos familiares, como La Pandora –popularmente llamado Lo de Tancredi–, El Tambito (del pionero de la industria lechera Vicente Casares), las casitas de Laura Montserrat y de María Rangolla “La Vasca”, el Armenonville (de la firma Loureiro-Lanzavecchia), el Café La Paloma (de un tal Domínguez) y, sobre todo, Lo de Hansen.
¿Qué circunstancias llevaron al Restaurante del Parque 3 de Febrero, conocido por el pueblo como “Lo de Hansen”, a ascender a una de las contadas cimas de los sitios tangueros...? Creemos que la “publicidad” desplegada por Manuel Romero en su tango Tiempos viejos –con música de Francisco Canaro–, en su sainete Los muchachos de antes no usaban gomina, en su película homónima y en su otra película La Rubia Mireya. Pero, por sobre todo, lo impredecible, lo misterioso, el inexplicable destino.
Porque no se ha ocupado demasiado el tango por difundirlo; sí, en cambio, hay no pocos de ellos que se refieren a otro sitio palermitano como lo fue el Café La Paloma. Que sepamos, cinco han sido los tangos dedicados al hoy mítico café: La Paloma, de José Guardo, los titulados Café la Paloma, de Juan Clauso, José Valotta, y Eduardo Moreno (letra) y Elvino Vardaro (música), respectivamente, y Viejo Café la Paloma, de Francisco Laino (letra) y Carmelo Saponaro (música). Además, se lo menciona en A pan y agua, de Enrique Cadícamo (letra) y Juan Carlos Cobián (música), inmortalizado en dos grabaciones antológicas de Angelito Vargas. Aun así, nadie negaría que Lo de Hansen es mucho más popular que La Paloma.
Ese arcano que otorga el recuerdo para algunos y el olvido para otros hizo que los porteños siguieran ocupándose del mítico lugar. Así, por ejemplo, en octubre de 2010, la Dirección General Patrimonio e Instituto Histórico del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires editó el interesante tomo Café de Hansen. Historias y hallazgos en Palermo, libro de investigación escrito por Néstor J. Zakim, Alberto Gabriel Piñeiro, Daniel Schávelzon, Patricia Frazzi y Mario Silveira, con prólogo de Liliana Barela.
El trabajo inicial del libro, La búsqueda del Café de Hansen, Zakim se refiere a un saludable enfoque sitematizado de “ese entusiasmo por los hechos del pasado porteño”, al margen de la nostalgia, porque esta debe “servir como disparador para futuras indagaciones”, con lo cual estamos completamente de acuerdo. El detalle que, lamentablemente, afea un tanto el interesante trabajo de este autor es su escaso conocimiento de la historia tanguera.
Así, se refiere a aquellos lugares palermitanos a los que caían los porteños de entonces “para escuchar la nueva música del tango en aquellos principios del siglo XX”, cuando, aunque el restaurante de Hansen siguió funcionando, su fundador no llegó al siglo XX (y él lo sabe), ya que falleció en 1892, y en los albores de la pasada centuria nuestro tango estaba por cumplir su medio siglo de vida; hemos ubicado la más antigua muestra compuesta en Buenos Aires en 1857, con Tomá mate, che, de Santiago Ramos, que rescató una providencial grabación del Cuarteto de Tango Antiguo y, unas décadas más tarde, volvió a ser llevado al disco por Graciela Pesce.
Con todo, es apasionante su relato de cómo el Equipo de Arqueología Urbana, bajo la dirección de Daniel Schávelzon, logró dar con el lugar en febrero de 2009, y exhumó restos de cimientos y objetos del viejo sitio tanguero.
Seguidamente, Piñeiro inicia El café de Hansen con una investigación literaria a través de datos tomados de trabajos sobre el tema, pertenecientes a Ricardo Martín Llanes, Jorge Alberto Bossio, Mario Mabragaña, León Benarós, Pintín Castellanos y Enrique Horacio Puccia. Indaga, luego, entre la leyenda y la realidad, en cuanto a si se bailaba o no en el mítico restaurante-tanguería, a través de los testimonios que han quedado escritos de testigos de la época, como Felipe Amadeo Lastra, Roberto Firpo –músico que supo tocar en el lugar–, Félix Lima y Alfredo Taullard. Lastra y Firpo negaron que allí se bailara, mientras Lima señaló que estaba prohibido pero en las glorietas se bailaba sin cortes, y Taullard no toca el tema. Puccia, en cambio, está por el sí, pero no llegó a conocer el lugar por cuestiones cronológicas. No menciona el trabajo otros testimonios, como los de los músicos Luis Teisseire, Enrique Saborido y Juan Carlos Bazán –todos ellos actuaron allí– que también nos indican la prohibición del baile.
Finalmente, Piñeiro ofrece algunas precisiones familiares, gracias al aporte de Beatriz Haydée Remesar, sobrina política de una nieta de Johann Hansen, y muestra algunas fotos de tres miembros de la familia, uno de los cuales es el célebre arrendatario del restaurante, aunque, lamentablemente, la señora Remesar no pudo precisar de cuál de ellos se trata.
También se incluye una lista de los propietarios que sucedieron a Hansen: Baltasar Monsch (1900-1903), Anselmo R. Tarana (1903-1908) y Giardini-Payot (1908-1912). Es una lástima que el autor no haya dado con los nombres de otros de los concesionarios: los hijos de Hansen: Catalina Elena, Conrado Tomás y Eduardo Santiago –María Luisa había fallecido prematuramente en 1886, y Carlos Juan, Christian Guillermo y Pedro Craig eran aún menores– (1892-1893), y Enrique Lamarque (1893-1897). Recién entonces seguirían los mencionados por Piñeiro, pero hacemos la salvedad de que, según nuestros informes, Monsch estuvo al frente del lugar entre 1897 y 1903.
Arqueología en lo de Hansen es la sección correspondiente a Schávelzon. De entrada, delata una triste realidad: “Se estaba en pleno desarrollo de la propuesta de que el tango fuese declarado Patrimonio de la Humanidad a escala nacional –lo que fue–, y se descubría con cierto horror que los sitios fundacionales de esa música habían sido demolidos”. Y nos preguntamos qué podemos esperar de un país donde el símbolo de nuestra libertad, es decir, el cabildo, fue cercenado para dar paso a dos diagonales… Continuando con las palabras del autor, digamos que, según él, en comienzo todo parecía sencillo, ya que “más de una docena de planos” de la época indicaban el lugar, pero la realidad era que el parque había cambiado varias veces desde entonces.
De modo que comenzaron a cavar “en el sitio en que la suma de datos daba mayores probabilidades por los estudios cartográficos, de que ahí estuviera”. Finalmente, la excavación en un sector más amplio comenzó a dar resultados cronológicos, digamos, ya que el hallazgo de una moneda de 1949, en cierta capa de relleno, fue la primera pista; más abajo, apareció otra moneda, esta vez de 1919… Se estaba llegando a la época. Por último, debajo de una “enorme capa de escombro estaba la tierra negra –humus– original” y al metro y medio, “una moneda de 2 centavos de 1891 nos indicaba que era la construcción buscada”. En fin, fueron surgiendo restos de baldosas, vajilla, botellas y otros objetos, y los cimientos del legendario restaurante.
Lo de Hansen había sido ubicado. Pero este es sólo un resumen del fantástico viaje investigativo y subterráneo que terminó en el que ha sido uno de los sitios cumbre de difusión del tango en las dos décadas que rodearon al novecientos. Vale la pena hacer el mismo viaje a través de las palabras de Schávelzon.
A Patricia Frazzi, la única mujer del equipo autoral, pertenece Conservación, restauración y exhibición de los objetos hallados. Ella nos hace saber que “se encontraron fragmentos y objetos enteros asociados al contexto, los que fueron protegidos desde el momento de su extracción hasta su depósito definitivo”. Los métodos de preservación de tales piezas abarcan un conjunto de páginas cuya lectura resulta interesantísima. En las líneas finales, la autora refiere que “objetos y fragmentos rescatados en el sitio fueron expuestos en una gran carpa donde también se podían ver los restos de los cimientos y oír música de tango en vivo (…) Este conjunto está depositado en el Centro de Arqueología Urbana y está a disposición de investigadores”.
Finalmente, Silveira indaga sobre lo gastronómico con La comida en el Café de Hansen. Luego de mencionar los restos de sólo una parte de los alimentos consumidos allí, que fueron los únicos hallados, señala Silveira que “tras el estudio de cuatrocientos huesos lo que debió comerse en el lugar estaría basado en carne vacuna en su mayoría y de oveja en segundo lugar; también se comería poco asado ya que la cantidad de huesos con restos de exposición al fuego directo es baja (…) Si se comía pescado no quedó casi evidencia, lo mismo que liebre, lechón o aves, falta de datos que no implica que no haya habido sino que su deterioro es muy rápido en suelos tan alterados y húmedos”.
En suma, un libro de atrapante lectura y un valioso aporte, ya que la actual moda internacional del tango bailado –sólo del tango bailado– va acompañada de un enorme desconocimiento popular de esos antiguos templos tangueros.
Queremos dejar constancia de nuestro agradecimiento a Lidia González, que tan amablemente nos atendió y a cuya iniciativa se debe el obsequio de un ejemplar de Café de Hansen. Historias y hallazgos en Palermo, que hemos leído con entusiasmo. Y terminemos por el comienzo, es decir, volvamos al prólogo, que finaliza con un deseo: “Que este libro sirva para (…) alentar el trabajo de investigación y rescate de otros hitos de nuestro patrimonio cultural”. Esperamos que así sea.









