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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 21 de octubre de  2018

Edición impresa junio 2011 

BICENTENARIO DEL ARRIBO A BUENOS AIRES DE LA DIVISIÓN AUXILIADORA DE CHILE 

Hermandad revolucionaria

Por Miguel Ruffo 

En estos días se cumplen doscientos años del arribo a Buenos Aires de la División Auxiliadora de Chile. Aquí, nuestra reseña sobre este gran acontecimiento de solidaridad latinoamericana.

 

 

El 14 de junio de 1811 Buenos Aires recibió una columna auxiliar de Chile en apoyo al proceso revolucionario. “La columna auxiliar de Buenos Aires –refiere Mitre–, fuerte de 300 hombres (100 dragones y 200 infantes) que acampaba a inmediaciones de Santiago, había acudido en sostén de la autoridad de la Junta (de esta ciudad), continuó su marcha a órdenes de su comandante don Andrés Alcázar, veterano de la frontera de Arauco, y en medio de ovaciones llegó a Buenos Aires (14 de junio de 1811), donde fue recibida en triunfo, renovando el juramento de morir al lado de los argentinos para ‘destruir la tiranía y defender la libertad’. Las armas de las dos revoluciones fraternizaban así a la par que sus ideas”.

Comprender el significado de este auxilio exige historiar, aunque sea someramente, los sucesos de transformación en los espacios coloniales de España. La Revolución de Mayo no fue un acontecimiento aislado. Toda la América hispano colonial atravesaba por una situación revolucionaria. En 1810 se constituyeron Juntas no sólo en Buenos Aires sino también en Caracas, Quito, Bogotá, Santiago de Chile. La revolución en el Río de la Plata se relacionó orgánicamente con la revolución chilena ya desde sus orígenes. Buenos Aires y Santiago de Chile se hermanaron en un proyecto continental.

Según Mitre, la revolución chilena también fue por sus formas organizativas un acontecimiento municipal. De allí, la relevancia en ambas revoluciones de los cabildos de sus capitales. Sin embargo, siempre siguiendo a Mitre, la revolución chilena fue más pelucona y aristocrática mientras que la revolución de mayo fue más democrática y radical.

Cuando se formó en septiembre de 1810 la Junta de Santiago de Chile, Buenos Aires la recibió como un triunfo de la emancipación americana. La Gaceta, órgano de la Junta, manifestó: “Buenos Aires ha enseñado a la América lo que puede esperar de si misma, si reunida sinceramente en la gran causa a que la situación política de la monarquía la ha conducido, obra con miras generosas, con una energía emprendedora, y con una firmeza en que se estrellen los ataques, con que los agentes del antiguo régimen resisten al examen de su conducta, y al término de la corrupción a que han vivido acostumbrados”.

El ejemplo de Buenos Aires cundía en Santiago de Chile. La ciudad del Plata proponía que se organizase una legítima representación para que los pueblos recuperasen sus derechos y derrotasen a los mandones que respondían a una metrópolis exhausta. La Junta del país trasandino expresó: “Chile, descansando en la gloria de su seguridad, se prometía perpetuarla (a la alianza con Buenos Aires), cuando estrechando sus relaciones con las provincias del Río de la Plata, pudiera añadir a los recursos con que se preparaba contra cualquier invasión, las luces y auxilios de la generosa e inmortal Buenos Aires”. Vale decir que las juntas de Buenos Aires y de Santiago de Chile proyectaban a un horizonte americanista su triunfo revolucionario.

Ambas juntas tenían que hacer frente a dos enemigos: por un lado, los realistas que reconocían la legitimidad del Consejo de Regencia y se oponían a la formación de juntas en América; y por el otro, a los “moderados” que, en el seno del movimiento emancipador, trataban de limitarlo y finalmente cercenar sus objetivos revolucionarios. Mientras que Moreno fue el numen de la revolución en Buenos Aires, Juan Martínez de Rozas lo fue en Santiago de Chile. Dice Mitre: “Ambos tuvieron que luchar, apoyados únicamente en la fuerza moral de su doctrina, contra los antecedentes del antiguo régimen y las resistencias a las reformas de sus mismos colaboradores, aunque estas fuesen menores en el Plata y más difíciles de remover en Chile en razón de que el movimiento impulsivo era menos orgánico y sus tendencias más termidorianas”.

Inicialmente, la junta de Santiago era más similar a la junta del 24 de mayo que a la que se formó en Buenos Aires tras la jornada del 25. El Cabildo de Santiago no había experimentado el sacudón catártico por el que atravesó el Cabildo de Buenos Aires tras la revolución. Rozas tenía que hacer frente a la oposición de la institución capitular y lo que aún era más grave: la sublevación de la guarnición de Santiago en abril de 1811. En esa oportunidad, la contrarrevolución fue derrotada en Chile. “En esa jornada –continúa Mitre– se distinguió por su entusiasmo y valor el joven Manuel Borrego, natural de Buenos Aires, destinado a alcanzar celebridad, y que, a la sazón, estudiante de la universidad de Chile, hacía su aparición en la escena histórica”.

Lima, capital del virreinato del Perú, era el centro de los movimientos contrarrevolucionarios en América del Sur. Lima era una amenaza para Buenos Aires y Santiago de Chile. Pero la ciudad del Plata tenía también frente a ella la oposición realista de Montevideo. Desde esta base naval podía amenazarse a la revolución. Es en esa circunstancia que nuestra ciudad recibe la ayuda de la división auxiliadora de su hermana trasandina.

La revolución chilena sería derrotada en Rancagua en 1814. Pero ya para entonces la ideología y acción del general José de San Martín estaban gestando la campaña de los Andes que daría la libertad a Chile y sentaría las bases de la expedición libertadora al Perú; todo este proceso animado por un objetivo: la independencia y la unidad continental.

 

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