Edición impresa diciembre 2010 

EDITORIAL

Aprendizajes

 

Por Víctor Pais

Los últimos días de 2010 encuentran un país marcado por una conflictividad y una violencia política en ascenso.

Los defensores del modelo vigente ya no saben qué malabares hacer para que la mugre que han intentado esconder debajo de la alfombra no los termine tapando. Porque hay reglas de juego que son intocables, que no pueden ser subvertidas y que deben sostenerse aun a costa de que nuestras “tan democráticas” autoridades se vean en la necesidad de bajarse del ómnibus del consenso y la negociación para dar luz verde al de la más feroz represión.
La defensa a rajatabla de una de esas reglas de juego, aquella que aboga por la concentración y extranjerización de la tierra, es la que terminó por desencadenar el reciente episodio en el que fue asesinado un aborigen de la comunidad qom en la provincia de Formosa. Así como, semanas atrás, la defensa a rajatabla de otra de esas reglas de juego, aquella que en pos de sacarle más jugo a la explotación capitalista dispone la existencia de un sistema de trabajo tercerizado, se cobró la vida del joven bonaerense Mariano Ferreyra.
Por las fisuras de este modelo socioeconómico, donde cada punto de inflación sumerge en la pobreza a centenares de miles de personas y a otras tantas en la indigencia, chorrea sangre de pueblo. Siempre chorreó. Pero esta sangría reiterada ya no puede ser interpretada como producto de la acción de fuerzas indisciplinadas e incontrolables, que no comulgan con los “vientos de cambio” que impulsa con su “afán progresista” la gestión gobernante. Esta sangría es consecuencia y esencia del modelo real que impera y que sostiene tal “progresismo”.
Apariencia y esencia han alcanzado a tomar gran distancia una de otra en el universo político argentino. Se ha trabajado para eso. Hay que reconocerlo. Fueron muchos y a veces bastante hábiles los orfebres de esa brecha sobre la cual respiró la institucionalidad de este sistema de dominación semicolonial que padecemos. Sin embargo, como en última instancia cualquier cosa vale cuando se trata de satisfacer la pretensión de grupos monopólicos y de grandes terratenientes afines, apariencia y esencia, de un modo repentino y compulsivo, dolorosa e ilustrativamente a la vez, cada tanto, confluyen y poco a poco se van fundiendo en una única sustancia.
Aprender cuesta. Como comunidad nacional, tropezando y volviéndonos a levantar, estamos en ese sinuoso camino: el de aprender a reconocer que el pan es pan y el vino, vino. Que necesitamos la tierra y sus recursos para que haya verdadera libertad, que necesitamos fuerza para conquistar y defender la tierra y la libertad y que necesitamos agruparnos y organizarnos para ser fuertes. Por eso, alzamos nuestra copa y brindamos por un 2011 que, sin duda, será de lucha. Salud.
 

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