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 24 de noviembre de  2017
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Con algo más que los pantalones bien puestos

Con algo más que los pantalones bien puestos

Hoy se cumplen veinte años del asesinato de José Luis Cabezas. A modo de homenaje, transcribimos una nota editorial referida al tema, publicada en la edición gráfica de Tras Cartón de marzo de 1997.

Cuando en un marzo de hace veintiún años, la Junta Militar asaltaba el poder para instalar el régimen más terrorífico de la historia argentina, el reportero gráfico José Luis Cabezas era un adolescente de quince años que, seguramente, desconocía, como tantos, el oscuro entramado de muerte que se estaba tejiendo en el país. Matar a diestra y siniestra era una necesidad funcional para abrir el camino al neoliberalismo hambreador que hoy sabemos padecer. Matar a diestra y siniestra es siempre la carta intacta que los poderosos del mundo se reservan debajo de la manga: el terror como única fórmula para frenar a los pueblos que se resisten con decisión al genocidio lento del hambre y la marginalidad.
La pantomima detectivesca montada alrededor de la investigación del caso del reportero gráfico asesinado, con la aparición de personajes como “Pepita la pistolera”, Carlos Redruello y otros, podría ser divertida si no estuviera en juego lo que está en juego. Amenazas, agresiones, atentados criminales... Ahora la ola más pesada se levanta para caer sobre los periodistas. Esto es emblemático, más que nada por el rol que desempeñan en la sociedad quienes practican este oficio. Pero, aunque tal vez para muchos resulte una obviedad, es necesario puntualizar nuevamente algo superior a una sensación: esta serie de sucesos intimidatorios y sangrientos provocados por el poder político nos vuelve a poner en el tapete la realidad de que todos –periodistas o no– formamos parte de un pueblo indefenso frente a las garras de un aparato de represión intacto.
María Soledad Morales, la adolescente asesinada en Catamarca por la mafia de los Saadi; Walter Bulacio, el pibe que se murió en una comisaría porque a la policía que lo detuvo cuando salía de un concierto de rock “se le fue la mano” con los golpes; Víctor Choque, el obrero muerto a quemarropa de un balazo por un uniformado cuando participaba de una protesta sindical en Tierra del Fuego; Miguel Bru; Andrés Nuñez; Javier Alderete; Alejandro Mirabette... Y por desgracia muchos, muchos casos más. Con mayor o menor resonancia, pero todos con un denominador común: la impunidad de los asesinos.
El reportero gráfico José Luis Cabezas levantaba la vista hacia el cielo nocturno de Pinamar y no sospechaba que ese reflejo de la luz de la luna en su rostro iba a ser el último flash de su vida. Así lo habían determinado sus verdugos. Habrá que calzarse algo más que un pantalón para que, algún día no tan lejano, nadie determine la muerte de nadie en Argentina. De lo contrario, no habrá límite para este descenso vertiginoso hacia el infierno que se está generando por gracia de la iniquidad de unos cuantos y la pasividad de millones.

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