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Edición impresa abril 2010 

LA CIUDAD y EL BICENTENARIO IV

Divertirse y jugar en la época de Mayo

Por Miguel Ruffo
Los juegos y las diversiones son parte de la condición humana. El estudio de los juegos hace al “hombre lúdico”. A principios del siglo XIX había en Buenos Aires una serie de prácticas lúdicas, la mayoría de las cuales perduraron casi hasta fines de esa centuria. Sobre ellas se ocupa la cuarta entrega de esta sección dedicada a reconstruir el entorno y los hábitos de los porteños de dos siglos atrás.

 

Una diversión muy amena en la ciudad de los tiempos de la Revolución de Mayo, íntimamente vinculada a las familias de la elite, eran las tertulias. En los salones de las casas de la “gente decente” se organizaban estas reuniones en las que se alternaba el baile con la conversación y los juegos de sala. Las más famosas fueron las organizadas en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson. Se bailaba el minuet, la contradanza  y, particularmente después de la revolución, el cielito. “Por muchos años –dice José Antonio Wilde–, estas reuniones, aun entre familias muy respetables, solían terminar con un ‘cielo’, pedido por los jóvenes; a veces el denominado ‘en batalla’, pero el preferido era el ‘cielo de la bolsa’. Las jóvenes apenas lo conocían, pero gustosas lucían su natural gracia y donaire en este curioso baile tradicional”.
Unas diversiones de raigambre española eran las corridas de toro, que perduraron hasta 1822, cuando fueron suprimidas por Bernardino Rivadavia. Al principio se organizaban en la Plaza Mayor, donde para presenciar el espectáculo se levantaban unos tablados provisorios. En 1790 se construyó una plaza de toros en el hueco de Montserrat y finalmente se terminó por levantar una plaza de mayor envergadura en el Retiro, en la zona de la actual Plaza San Martín.
Los caballos, infaltables compañeros de los hombres de aquellos tiempos, eran de suma utilidad para organizar algunos juegos. Así tenemos las carreras cuadreras, llamadas de este modo porque se corrían a lo largo de dos o tres cuadras y el centro de las mismas eran las pulperías. Las de mayor relevancia se realizaban en la calle Larga de Barracas (actual avenida Montes de Oca), entre las pulperías de “La Banderita” y de “Las Tres Esquinas”. Estos peculiares “almacenes” eran también el sitio predilecto de las riñas de gallo. Había reñideros en las pulperías del barrio de Montserrat. Tanto en las carreras cuadreras como en las riñas de gallo se jugaban sumas de dinero, a veces importantes.
Los caballos también acompañaban al hombre en las carreras de sortija. Dice Andrés Carretero respecto de éstas que llegaron “con los españoles y [tuvieron] un alto grado de aceptación entre los gauchos, pues (...) podían demostrar sus destrezas como jinetes. Consistía en pasar a toda carrera con el caballo debajo de un travesaño del que pendía una sortija que se debía ensartar ayudado por un palito delgado”. Infaltable era el juego del lazo, donde los jinetes tenían que enlazar un vacuno o un caballo.
Una fiesta de la que participaba la mayoría de la población eran los carnavales. Oportunidad para que los negros ejecutasen sus candombes y despertasen ciertos temores en la burocracia colonial, que en más de una ocasión prohibió o limitó estos festejos. En los carnavales de Buenos Aires también se jugaba con agua. “Los juegos de agua –dicen Prestigiacomo y Uccello– que, como recuerdan los Robertson, comenzaban temprana y moderadamente el sábado, ya para el lunes habían virado en verdaderas batallas campales que dejaban las calles como si hubieran sido regadas porque todo el que iba por ellas recibía una jarra de agua encima y se iniciaba la lucha entre una y otra azotea”.
Otra diversión muy difundida en los días de fiesta era treparse a un palo enjabonado que en su parte superior tenía una recompensa para el esforzado joven que lograba subirse hasta llegar a la cima. El premio del extremo superior podía consistir en dinero, ropas o adornos. Después de la revolución, en las Fiestas Mayas se encontraba, entre otros juegos, precisamente éste: el de subirse a un palo enjabonado o, como muy bien lo señala Carretero, a un palo engrasado, dada la escasez de jabón.
También se jugaba a las cartas: al truco, al tute y a la brisca, entre otros. Los juegos de cartas se practicaban en las pulperías, en los cafés o en las mismas casas, y se jugaba por dinero.
¿Qué decir de los niños? Que jugaban en los huecos o baldíos, a las escondidas, a remontar barriletes o a “el toro”, que era una “imitación” de las por entonces permitidas corridas de toros.
En los tiempos de Mayo, los salones eran para las tertulias; las pulperías, para las cartas o las carreras de caballo; los baldíos, para remontar barriletes; en suma, Buenos Aires ofrecía distintas formas de jugar y divertirse.

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