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Edición impresa septiembre 2010 LA CIUDAD y EL BICENTENARIO IX La religiosidad en tiempos de la revolución  Por Miguel Ruffo La religión es uno de los universales de la cultura. En todas las sociedades hay presentes pensamientos, creencias y prácticas sagradas. Como es bien sabido, España se había propuesto la evangelización de América y de ese objetivo resultó una fuerte presencia institucional de la Iglesia Católica. La religiosidad en la ciudad de Buenos Aires en tiempos de la Revolución de Mayo es el tema de esta novena entrega bicentenaria.
En la época colonial las fiestas o rituales del catolicismo constituían una de las formas dominantes de la sociabilidad. Con las reformas borbónicas, la expulsión de la Compañía de Jesús y la difusión de los principios del liberalismo y de la ilustración, la influencia del catolicismo disminuyó en algunos sectores de la elite. Tras la Revolución de 1810 se desarrollaron las Fiestas Mayas y, junto a las festividades católicas, vemos aparecer un conjunto de ritos seculares donde la ciudad se festejaba a sí misma. “Durante los años virreinales –dice Leandro Gutiérrez– (...) Semana Santa, Festividad del Santo Patrono, Procesiones Rogatorias eran acontecimientos que la población vivía como propios. Su presencia en definitiva era la dominante cuando, con algún signo de su pertenencia, o en ejercicio de alguna de sus funciones [la Iglesia] salía a la calle. Desde luego existía consenso general en atribuirle poderes sobrenaturales y a ella se recurría, sin distinción de clases, en búsqueda de soluciones en períodos de crisis o catástrofes”. Es frecuente leer en las Actas del Cabildo acuerdos donde los regidores encargaban misas y rogativas para salvaguardar a la ciudad de las diversas calamidades naturales que podían abatirla: pestes o contagios, inundaciones, sequías y otras. Siempre el Cabildo era la institución que comisionaba la organización de las rogativas religiosas: “Se hizo presente por el Señor Síndico Procurador General la necesidad en que nos hallamos de implorar el divino auxilio por medio de nuestro Patrón San Martín haciéndole un novenario para ello a fin de que nos socorra con el agua que necesitan las Campañas, y la salud del pueblo aquejado con muchas enfermedades: y siendo manifiesto a este (…) acordaron se dirija oficio al Señor Gobernador para que dé su servicio y licencia para hacer este gasto señalándose para que empiece el día veinte y uno de este mes, y a fin de que haya el concurso que exige la presente necesidad, suplicar se promulgue por bando para que llegue a noticia de todos, y se cierren a las nueve de la mañana las puertas de Tiendas y Pulperías durante ellas”. De todas las festividades religiosas la Semana Santa era la más importante. El miércoles al mediodía la ciudad comenzaba a paralizarse (cese de actividades); el jueves se visitaban siete iglesias; el viernes se asistía al sermón de la pasión; el sábado de gloria la ciudad comenzaba a recuperar, después del mediodía, su ritmo social, y en la noche de ese día se procedía a realizar la quema del Judas Iscariote. En esta costumbre en la que participaban ante todo las clases populares se revelaban diferencias entre la religiosidad de estas y la de la elite, que, por lo general, no veía con buenos ojos esta fiesta plebeya. Finalmente el domingo se celebraba la Resurrección. Durante toda la Semana Santa las iglesias rivalizaban entre sí para presentar el mejor ornato para la principal festividad católica. Otra fiesta muy importante era la procesión del Santo Patrono de la Ciudad, que era San Martín de Tours. Dice Marcos Vanzini: “Los acontecimientos políticos y sociales que se sucedieron de manera vertiginosa a partir de mayo de 1810 no cambiaron en un principio el protagonismo del Cabildo porteño en la fiesta de San Martín de Tours. En realidad ese año, los tradicionales actos realizados en honor al Santo Patrono se vieron jerarquizados por las propuestas de la Primera Junta, que quiso engalanar la festividad de una manera especial. Los cabildantes invirtieron una importante suma de dinero para que nada falte en el novenario, las cuarenta horas, la procesión y la misa solemne; incluso ese 11 de noviembre, por primera vez se presentaron óperas italianas en la ‘Casa de Comedias’, primer teatro porteño”. Muy importante era la procesión de la Virgen del Rosario, cuyo centro era el templo de Santo Domingo; la relevancia que para la ciudad tenía este evento se veía magnificada porque Santiago de Liniers había reconquistado Buenos Aires bajo esta advocación mariana; es así que desde la época posterior a la Reconquista (1806) ella concitaba la adhesión de amplias franjas de la población. La Virgen había contribuido a derrotar al invasor hereje. La otra gran festividad del catolicismo era la Navidad. Durante la fiesta de Navidad a Buenos Aires no le faltaban alegrías. En la Nochebuena, hasta hora tardía grupos de paisanos disfrutaban de la música de las guitarras y de la buena mesa navideña. La última semana del año era conocida como las “vacaciones de Navidad”; había mucho movimiento por las calles durante la noche, se hacían excursiones a San José de Flores, San Isidro y otros lugares aledaños a la ciudad. Finalmente señalemos que las principales iglesias de la ciudad eran las de San Ignacio, San Francisco, Santo Domingo, de la Merced, del Pilar, San Miguel y San Nicolás de Bari. Todas ellas centro de devoción y religiosidad.
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