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“Siempre inagotable y exquisito”

“Siempre inagotable y exquisito”

Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte de Enrique Delfino, “Delfy”. Destacado pianista y fecundo e inspirado compositor de nuestro tango, su imponente obra autoral constituye un significativo aporte a la cultura porteña.

Delfino, quien para Luis A. Sierra fue “una de las figuras más importantes del tango de todas las épocas”, perteneció, junto con Juan Carlos Cobián, Francisco De Caro y Joaquín Mauricio Mora, entre otros, a la pléyade de músicos –todos ellos pianistas– que orientó el género hacia una modalidad esencialmente romántica, cuyas expresiones se distinguen por la profundidad de su lirismo y la plenitud de sus desarrollos.

Los biógrafos coinciden en que había nacido el 15 de noviembre de 1895 en el centro porteño: algunos dicen que en la calle Corrientes, otros que en la de Paraná. Lo cierto es que muy próximo a la esquina de ambas funcionó el teatro Politeama, cuya confitería regenteaban los padres de Delfino, circunstancia esta en la que los biógrafos vuelven a concordar.

Cuentan que el padre lo envió a estudiar música a Turín, y que a su regreso se fugó a Montevideo, donde en 1914 compuso el tango Bélgica, que para algunos anticipa y para otros inicia “una tendencia singularmente original denominada luego tango romanza”, según la descripción de Sierra.

Afortunadamente, los datos que siguen provienen de fuentes tan confiables como el nombrado Sierra y Julio De Caro. Es así como sabemos que, nuevamente en Buenos Aires, hacia 1920 formó con el violinista Agesilao Ferrazzano un dúo que actuó en el foyer del teatro Ópera. El éxito cosechado incidió en que la empresa grabadora Víctor contratara a Delfino, junto con Osvaldo Fresedo y Tito Roccatagliata, para viajar a Estados Unidos, donde conformaron (en piano, bandoneón y violín, respectivamente) un conjunto que, completado por el violinista argentino radicado en Nueva York Alberto Infantos Arancibia y el cellista norteamericano Herman Meyer, grabó unos cincuenta tangos bajo el nombre de Orquesta Típica Select.

De vuelta en Buenos Aires, los tres primeros y Agesilao Ferrazzano constituyeron el Cuarteto de Maestros, que pronto se disolvió, tras lo cual Delfino formó otros conjuntos que también resultaron efímeros. Posteriormente, y con el seudónimo de Delfy, se presentó como solista, aunque no como concertista sino como “humorista del piano”, faceta con la que actuó en distintos escenarios.

La madre de quien esto escribe asistió a una de esas presentaciones en un cine porteño y contaba que Delfino hacía gala de su dominio del teclado asumiendo frente a este las más insólitas posturas, como la de acostarse sobre el piano; recordaba también sus parodias de malos ejecutantes, de entre las que era muy festejada la irónica imitación de una señorita cursi.

Pero es su fecunda labor compositiva la que se destaca fundamentalmente en su trayectoria. De Caro lo definió como “consagrado compositor de infinitas obras” y añadió: “Siempre inagotable y exquisito”.

Parece conveniente puntualizar en primer lugar que Delfino comparte con Cobián la creación del tango romanza –así llamado en contraposición al tango milonga–, una modalidad que concede amplio espacio a las bellas y nobles líneas de la melodía, y une al equilibrio de la forma una admirable expresión poética.

De entre las obras compuestas en esa tesitura sobresalen Sans Souci (se considera emblemática la versión de Miguel Caló de 1944) y Recuerdos de bohemia, de la que Aníbal Troilo, sobre el magnífico arreglo de Argentino Galván y con Alberto Marino cantando el estribillo, logró en 1946 una versión antológica, donde descuella el bandoneón de Pichuco y la orquesta típica, sin perder su esencia, se equipara al mejor conjunto de cámara. También es digna de mención la versión de Osvaldo Fresedo con el cantor Roberto Ray.

En cambio, no está dentro de esa modalidad su célebre tango instrumental Re Fa Si, que debe el título a sus primeras tres notas y fue grabado por orquestas tan disímiles en sus estilos como las de Fresedo, Roberto Firpo, Juan D’Arienzo, Rodolfo Biagi, Carlos Di Sarli, Alfredo de Angelis y José Basso.  

Sin embargo, su fantasía creativa, tan rica como versátil (registró en SADAIC más de ciento cincuenta títulos; Sierra consideraba que fue “posiblemente el compositor de mayor número de éxitos resonantes”), le inspiró una producción fundamentalmente ecléctica, compuesta en gran medida por piezas con letra (de las que Gardel le grabó veintiséis) y en la que demasiadas veces, preciso es decirlo, el nivel de los versos lejos estaba de alcanzar el de la melodía.

Constituye acaso la principal excepción Griseta, a nuestro juicio una de las mejores y más completas expresiones del romanticismo en el tango, en cuyos sugestivos versos José González Castillo une la pureza del muguet a la esplendidez del champagne y a la sordidez del arrabal y la cocaína. En cuanto a las versiones, además de la paradigmática de Gardel, conviene mencionar la delicada interpretación de Corsini.

Otras excepciones son Dinero… dinero y Claudinette, con letras de Cátulo, el hijo de don José, y de Julián Centeya, respectivamente.

Se tiene por su primer tango canción a Milonguita, surgido, según cuenta Francisco García Jiménez, a instancias de Samuel Linning, que había escrito el sainete Delikatessen Haus y le propuso a Delfino que escribieran juntos un tango para mayor lucimiento de María Esther Pomar, que iba a ser la protagonista de la puesta en escena. Sainete y tango se estrenaron en 1920 sin demasiado éxito.

Ese mismo año llegó a Buenos Aires la celebrada cupletista española Raquel Meller, quien escuchó Milonguita y lo incorporó a su repertorio, proporcionándole gran popularidad tanto en el país como fuera de él. Seis años después, durante una actuación de Francisco Canaro en un local de Nueva York, una mujer del público le hizo llegar un billetito con la siguiente leyenda: “¡Por Dios, toquen Milonguita!”. Lo firmaba Raquel Meller. Hemos visto un facsímil de esa notita en un suplemento dominical de la vieja La Prensa.

Es importante señalar también que el ya mentado eclecticismo de Delfino fue tan amplio que incluyó desde uno de los tangos de asunto social con mensaje más fuerte y directo como Al pie de la Santa Cruz, con letra de Mario Battistella, hasta el famoso tango turfístico Palermo, con letra de Juan Villalba y Hermido Braga, pasando por dos de los tangos caneros más representativos, como Araca corazón y Dicen que dicen, cuyas letras pertenecen, respectivamente, a Alberto Vaccarezza y a Alberto Ballestero; la amarga ironía de Aquel tapado de armiño, que mereció ser glosado por Francisco Urondo, nada menos, el humorismo de Haragán y la reciedumbre de Guapo y varón, los tres con letra de Manuel Romero, y el lunfardo de Araca la cana, con versos de Mario Rada. A excepción de Guapo y varón, del que hay una muy lograda versión de Rivero, todos ellos fueron grabados por Gardel, quien supo poner de manifiesto los rasgos distintivos de cada uno.

Delfino compuso además la música de varias películas, como Los tres berretines, de Enrique Susini (segundo film sonoro argentino), La vuelta de Rocha y Tres anclados en París, de Manuel Romero; el entonces muy famoso drama Así es la vida, de Francisco Mugica, y la no menos famosa comedia Los martes, orquídeas, del mismo Mugica (donde Mirtha Legrand tuvo su primer protagónico, según ella misma contó), entre otras.

Dicen que murió en el barrio de Caballito. De Caro vaticinó que su obra, “valioso caudal de nuestro popular acervo, perdurará en el tiempo sin límite”.

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