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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 18 de octubre de  2019
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“Saber lo que cada uno quiere decir”

“Saber lo que cada uno quiere decir”

En la sala 27 del Centro Cultural Borges, de la calle Viamonte 525, se inauguró la muestra ConCierto, integrada por obras de asistentes al taller de artes plásticas de Graciela Ieger, quien también tuvo a su cargo la curaduría, junto con Julio Sapolnik.

Este escribió en el catálogo que acompaña la muestra: “Las obras aquí expuestas fueron concebidas dentro de un ambiente donde imperan la frescura y la alegría de crear. Muchos ya se afianzaron y entran al camino del arte desde un lenguaje propio. Otros transitan con apoyo para alcanzarlo. La diversidad de soportes y expresiones muestra el camino hacia el encuentro con la imagen”.

“Es conmovedor el entusiasmo del grupo al pensar la muestra, jugando con ideas, buscando armonía en la diversidad, consensuando, concertando, por eso la llamamos ConCierto”, escribió a su vez Ieger, quien nos dijo que “es un grupo muy hermoso”, integrado por “alumnos que vienen al taller” y de otros que “siempre están alrededor, en clínica de obras” y otras actividades.

En cuanto a la sala, precisó: “Elegí el Borges porque sabía que podíamos hacer algo grande y, además, la calidad de las obras realmente merecía ser vista por mucha gente”. Destacó “la madurez del grupo y la evolución que hicieron sus miembros a través de su propio trabajo”, y relató: “Entonces dije ‘este es el momento’ y entre todos armamos la exposición como si fuera una obra”.

Definió a la muestra como “muy heterogénea” porque “en el taller, el objetivo fundamental, además del aprendizaje concreto de los recursos técnicos, es saber lo que cada uno quiere decir y tomar la decisión de buscar su propio camino”.

Como buena maestra, procura no influenciar con su obra a los alumnos. “Trato de no colgar nada mío en el taller y de que vean muchas otras obras actuales y antiguas, que concurran a exposiciones y museos y consulten libros, pero no que vean lo mío”.

Admite que algunas obras de la muestra tienen reminiscencias de pintores clásicos. “Sí, porque la enseñanza es académica; pero también trabajamos a partir de nuevas técnicas que aparecieron con las neurociencias”, explica, y revela: “Hay descubrimientos sobre el cerebro que facilitan el acceso a la creación: por ejemplo, meditamos antes de empezar porque en una mente vacía es mucho más fácil que aparezca algo nuevo”.

Integran la muestra obras de María Luz Álvarez, María José Angeleri, Nilda Bianchi, Ana Borges, Mario Botana, Valeria Casabonne, Adriana Chiesa, Norma Covello, Andrea Dosisto, Ana María González, Ana María Guarracino, Graciela Alba Haggi, Mariano Marcos, Silvia Nanni, Daniel Alano Numerosky, Laura Pose, Sandra Sabag, Noemí Santaolalla, Susana Sarale, María Lea Steirensis, Blanca Torrigino y Rosa de Wolkowiski.

Recorriendo la muestra

De acuerdo con la sinestesia que propone el título, podemos decir que la muestra es una sinfonía, o mejor dicho una suite, donde cada uno de los números que la integra tiene una sonoridad característica que lo distingue de los demás, a los que sin embargo está enlazado por el parejo nivel de enjundia musical.

Siguiendo con el juego, podemos decir también que el espectador que entra en la sala emprende un recorrido que no puede menos de asociar con las promenades pianísticas de Musorgsky en, precisamente, Cuadros de una exposición.  

En nuestro caso, los límites de este trabajo nos impiden detenernos ante todas las obras: nos concentraremos en las de siete expositoras, sin que eso signifique ignorar los méritos de las demás. Y ampliando la sinestesia, asociaremos los trabajos comentados con sendas obras o autores musicales.  

Así, nos ubicamos en la primera parada frente a Pintura en movimiento, de Silvia Nanni, quien cuenta que la obra surgió de la necesidad íntima de trabajar en conjunción la pintura de caballete con el cine de animación, su oficio de toda la vida. Pretende de esta manera cumplir el sueño de tantos pintores y dibujantes de captar el movimiento y llevarlo a la imagen pictórica, que es estática por antonomasia. La interesante propuesta presenta en la tela la técnica de representar un personaje o un objeto en una serie de posiciones (en este caso, una figura femenina en distintas posiciones de danza) para crear la ilusión de movimiento. Resulta natural, entonces, asociar la obra de Nanni con la música de Leo Delibes, el gran compositor de ballet, por su gracia, ligereza y sensibilidad.  

En la segunda parada observamos tres óleos de Norma Covello: El puente, Mar tormentoso y Desde mi balcón, reunidos bajo el título de Paisajes vividos. El título es revelador: para la autora, los paisajes significan experiencias y los trabajos son testimonios de ellas. Acaso por eso los haya realizado con tanto esmero, puesto de manifiesto en la pincelada segura, la composición armoniosa, el notable tratamiento del color y de la luz.

Tendemos espontáneamente a vincular esta obra a la luminosa música de Debussy, con sus constantes referencias a la naturaleza, sus efectos tímbricos que evocan paisajes y su subjetivismo. 

Nos detenemos después ante Flores negras y un color, de Valeria Casabonne. Se trata de una serie de dibujos en lápiz acuarelable, titulados todos ellos Sutileza y numerados del uno al siete. Según la autora, “describen la sencillez de lo imperceptible” y aparecen en ellos sus caminos, su infancia, todo aquello que le permite “volver a sentir la libertad”. Propuesta muy poética e intimista, se destaca por la austeridad, la prestancia del dibujo y el particular equilibrio de la composición.

“Oye: bajo las ruinas de mis pasiones, / en el fondo de esta alma que ya no alegras, / entre polvo de ensueños y de ilusiones /  brotan entumecidas mis flores negras”. Así comienza el pasillo Mis flores negras del colombiano Julio Flórez (1867-1923) que cantó Gardel. Y Flores negras es el título de uno de los tangos más hermosos y admirados de todos los tiempos, compuesto por Francisco De Caro.  

Hacemos la siguiente parada ante A través del tiempo, la propuesta de Nilda Bianchi que reúne dos óleos sobre tela: Después de la lluvia y El mito vuela hacia nosotros. Escribió la autora: “Alterar, detener, invertir la dirección del tiempo, que transcurre según su propia ley, es imposible y probablemente no deseable. Aun así, sus instantes, sus hallazgos, sus mitos, sus encuentros, llegan a nosotros con tal fuerza que nos instan a dar existencia a la memoria de un pasado que construye lo que somos y da un lugar posible a una plástica que albergue su propia poética del Tiempo”.

Se trata de dos paisajes luminosos en los que la línea y el color no son antagonistas: la primera se atiene al sentido clásico y el segundo es usado para expresar espacios y volúmenes. Y las menciones del mito por parte de la autora inducen a suponer que los árboles de un cuadro y la escalera del otro constituyen símbolos de la ascensión.  

Hemos elegido para acompañar musicalmente a estas obras el poema sinfónico Los preludios, de Liszt, inspirado en el poema homónimo de Lamartine, en el que discurre sobre la fugacidad del tiempo.    

Nos encontramos luego con Mis mujeres, tres retratos realizados en óleo por Adriana Chiesa: Niña africana, Descanso y Reunión. “Mis mujeres surgieron sin querer, sin pensar, sin planificar. Entonces pienso que estaban ahí, en el universo. Y se encontraron con mi espátula, intentando crear un mundo más bello y justo que las cobije”, escribió la autora.

A pesar de que, acaso por modestia, pretenda hacer caso omiso, la complejidad del proceso creativo es innegable: los rasgos están trazados con la rigurosidad de la estética realista, la elección de la paleta cálida donde predomina el rojo no es casual, como no es azaroso ni improvisado el empeño de transmitir la interioridad de esas mujeres que no en vano llama suyas. 

En cuanto a la pieza musical, nos inclinamos por la obra de Puccini, quien trazó en el pentagrama vívidos retratos femeninos y tituló varias de sus mejores óperas con nombres de mujer.

En la siguiente parada nos encontramos con otros dos retratos: el de una chica, Juegos, y el de dos adolescentes, Compinches. Ambos son acrílicos sobre tela y componen la propuesta Relatos urbanos, de María Lea Steirensis.

Manifestó la autora: “Mis pinturas se encuentran ligadas a situaciones que tienen que ver con realidades sociales y sus consecuencias. Me resulta imposible no involucrarme con estas realidades y son estas imágenes las que me conducen a reflexiones que me estimulan en lo emocional, asociándolo todo: pensamientos, sentimientos. El trabajo que realizo consiste en la búsqueda de variantes de la temática, la estética y lo humano, lo que expreso a través de la plástica”.

Esta artista, que supo ser elogiada por el eximio maestro Pedro Gaeta, lleva desarrollada una extensa trayectoria en la que perfeccionó un estilo cuyos rasgos esenciales, según dijimos alguna vez, son la mirada piadosa hacia los más vulnerables, que suelen ser los niños, y la pintura sin complacencia. En esta oportunidad, vemos que se mantiene fiel a su estilo, cuyo dramatismo ha intensificado mediante la aplicación de colores más planos y contrastantes. Desde las telas, las caras mudas de esos chicos interpelan al espectador, quien no tiene respuestas: solo atina a preguntarse cómo llegamos a esto y quién tiene la culpa.

A nuestro juicio, no hay dudas sobre la música que corresponde a esta propuesta. Por ser de esta ciudad, ostentar gran calidad y fuerza expresiva y provenir de un consecuente luchador contra la injusticia, elegimos la obra de don Osvaldo Pugliese. 

Hacemos la última parada ante Ciudad atardecida, propuesta de Susana Sarale que consta del óleo de igual título y de otro, Ciudad despertando, y que ostenta un epígrafe de Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino: “Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la encontraron, pero se encontraron ellos…”.  

No está de más puntualizar que la frase se completa con esta subordinada: “decidieron construir una ciudad como en el sueño”. Y, como se expresa al principio del relato, se trata de una “ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo”. De ahí esas imágenes oníricas, de ahí esa atmósfera sorda y opresiva, creadas a favor de una paleta neutra o monocroma. Y, como observó (en otro contexto) Louis Vax, si bien no puede hablarse de un espacio metafísico, lo cierto es que tampoco es este espacio, y la ambigüedad provoca una sensación de desasosiego. 

Y es así como cerramos nuestra promenade recordando Noche transfigurada, de Schönberg.

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