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 23 de noviembre de  2017
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Oid, mortales

Oid, mortales

Hoy se cumplen 160 años de la muerte de don Vicente López y Planes. Nadie ignora que es el autor del Himno Nacional; sin embargo, son pocos los que conocen en su totalidad esta magna obra. Para no ser cómplices ni espectadores de su caída en el olvido, realizamos este trabajo.

Los datos biográficos del autor del Himno pueden encontrarse fácilmente. Digamos empero, para no distraer al lector, que había nacido en Buenos Aires el 3 de mayo de 1784. Aún adolescente, participó de la Defensa de la ciudad durante las invasiones inglesas; el episodio le inspiró el poema El triunfo argentino. Se doctoró en Derecho en Chuquisaca, intervino en el Cabildo Abierto de 1810, marchó con la primera expedición al norte, fue secretario de Hacienda del Primer Triunvirato y la Asamblea de 1813 lo contó como diputado. Hombre de refinada cultura, integró la Sociedad de Buen Gusto en el Teatro y la Sociedad Literaria de Buenos Aires. Después de la renuncia de Rivadavia, fue por un día presidente provisional. Se desempeñó también como ministro de Dorrego y presidente del Tribunal Superior de Justicia durante la tiranía de Rosas, a cuya caída lo sucedió como gobernador de Buenos Aires; en ejercicio de ese cargo, firmó el Acuerdo de San Nicolás. Murió en la misma habitación en que nació.

La escritura del Himno

El 22 de julio de 1812 el Triunvirato, constituido a la sazón por Chiclana, Pueyrredón y Rivadavia, envía un oficio al Cabildo para que este “se encargue de mandar hacer una composición sencilla, pero magestuosa e imponente, del himno que deben entonar los jóvenes diaria y semanalmente”.

El documento expresa también que espera que “se realizen con el mejor éxito las medidas indicadas, para que inflamado el espíritu del pueblo con tan tiernas y frecuentes impresiones, ninguno viva entre nosotros sin estar resuelto a morir por la causa santa de la libertad”.

El regidor Manuel José García, destinado por el Cabildo para cumplir con esa obligación, encarga a fray Cayetano Rodríguez la confección de los versos, que lleva a Blas Parera para que les ponga música.

Así surgió el primer himno argentino, cuyo texto, según los especialistas, así comenzaba: “Salve, patria dichosa / oh, dulce patria, salve / y por siglos eternos / se cuenten tus edades. / Libre e independiente / de tiranos rivales / al templo de la gloria / te diriges constante. / ¡Qué bellos son tus pasos! / Te los envidia Marte”.

Pero al cabo de un año los versos del fraile dejaron de cumplir las expectativas gubernamentales. Relata Carlos Vega: “La Revolución ha entrado, con el 1813, en la etapa heroica. (…) Por primera vez un ejército realista avanza hacia la capital y es contenido. La tensión pública se eleva. Belgrano vence en Las Piedras, Tucumán y Salta. Pueyrredón triunfa en Cerrito, San Martín en San Lorenzo. El poeta puede cantar legítimas glorias y proclamar sin embozos la libertad ambicionada. El himno de fray Cayetano Rodríguez ha envejecido en solo un año. Es necesario hacer un nuevo himno”.

Para ello, el 6 de marzo de 1813 la Asamblea encomienda la escritura de los versos a dos de sus miembros, fray Cayetano y Vicente López y Planes. Este último, según cuenta su nieto Vicente Fidel López, pergeñó varios bosquejos sin que ninguno lo satisficiera; “ni la inspiración, ni el metro, ni el poeta mismo se mostraban dignos de la epopeya revolucionaria”.

Así las cosas, y de acuerdo con el relato del nieto, en la noche del 8 de mayo el poeta asistió en la Casa de Comedias a la representación de Antonio y Cleopatra, de Shakespeare, en la versión de Jean-François Ducis; los pasajes patrióticos eran fervorosamente aplaudidos por el público, que los asimilaba a la realidad del momento. Después del segundo acto, López y Planes “salió del teatro con el cerebro ardiente, el corazón palpitante, el pecho henchido de inspiración”. Esa misma noche escribió los versos del Himno.

En la sesión del 11 de mayo los leyó ante la Asamblea, que prorrumpió en aplausos; por su parte, fray Cayetano manifestó que aún no había terminado su texto, y recomendó la aprobación del de su oponente. Según otra versión, el religioso había llevado sus versos a la sesión, pero los rompió cuando escuchó los de López.  

La Asamblea aprobó estos últimos. Como señala Carlos Vega, “la nueva y gloriosa Nación fue proclamada antes por la poesía que por los políticos o los diplomáticos”.

Quiere la tradición que el poeta Esteban de Luca llevara los versos de López a una de las celebradas tertulias de María Sánchez de Thompson, donde se encontraba Blas Parera, a quien se le propuso hacer la música, y que fuera esa dama quien, en su salón, cantara el nuevo himno por primera vez.    

Estructura y estilo

López y Planes eligió el robusto verso decasílabo, con acentos en la 3°, 6° y 9°, y lo distribuyó en octavas con rimas agudas en los pares, inspirado según varios especialistas en el Canto guerrero para los asturianos, de Jovellanos (sobre el que volveremos). Podría decirse que la octava decasílaba es el material con el que se hacen los himnos, ya que fue empleada por el autor de las canciones nacionales de Uruguay y Paraguay y por los de los himnos de Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, México, Guatemala, Nicaragua y Panamá, en tanto que los de Cuba y El Salvador están escritos en decasílabos, pero la estrofa es otra (todos ellos fueron compuestos con posterioridad al argentino). Por su parte, Bécquer, para mentar precisamente un himno, intercaló este metro en la primera de sus famosas Rimas (“Yo sé un himno gigante y extraño”), y un muy joven Darío lo empleó en su Himno al Libertador Simón Bolívar.  

Hacia fines del virreinato y principios de la nueva Nación, el neoclasicismo, o seudoclasicismo, era el movimiento estético y filosófico más influyente. Originado en los principios racionales, expuestos en la Enciclopedia y que dieron sustrato ideológico a la Revolución Francesa, a favor de la libertad, la república basada en la soberanía popular, el pensamiento científico (y, en consecuencia, el rechazo a los dogmas), el progreso social y la instrucción pública, entre otros ideales, había pasado al Río de la Plata desde la Francia de la Ilustración, a través de la España de los Borbones.

En cuanto a la estética, el neoclasicismo se caracterizó por pretender restaurar los paradigmas de la cultura grecolatina: sus creadores se inspiraron en ejemplos clásicos (a los que incluso llegaron a imitar) que asimilaban a ideales cívicos y gestas heroicas, ya que las expresiones culturales debían tener un propósito didáctico.

En Buenos Aires, Vicente López y Planes era uno de los poetas más representativos de esta corriente. En lo que hace a las letras españolas, el que alcanzó mayor reconocimiento fue el asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos, quien ejerció asimismo mucha influencia en el Río de la Plata. Poeta, dramaturgo, ensayista y pedagogo, sufrió la cárcel y el exilio, así como la quema de su casa y varias destrucciones de su biblioteca, por parte del absolutismo de su país. En las postrimerías de su vida debió huir del ejército napoleónico que había invadido España, y su última obra fue precisamente el Canto guerrero para los asturianos, de claro influjo en la escritura de nuestro Himno, pero de ningún modo tanto como para insinuar un plagio, como intentaron algunos. (“A las armas, valientes astures, / empuñadlas con nuevo vigor, / que otra vez el tirano de Europa / el solar de Pelayo insultó. / Ved cuán fieros sus viles esclavos / se adelantan del Sella al Nalón, / y otra vez sus pendones tremolan / sobre Torres, Naranco y Gozón”).

Por su parte, Carlos Vega advierte “las concordancias de la canción francesa con el himno argentino”, refiriéndose, claro está, a La Marsellesa. Así, observa que “el verso del estandarte es casi una traducción literal”, y coteja “L’étendard sanglant est levé” con “Su estandarte sangriento levantan”. Encuentra además otras similitudes menos evidentes y señala que la creación de Rouget de Lisle (uno de los himnos más bellos y vehementes del mundo) también está estructurada en octavas. Podemos agregar, por nuestra parte, que esa es asimismo la estructura que Eugène Pottier le dio al original francés de La Internacional.

En cuanto al estilo, López, fiel al neoclasicismo que no admitía desbordes imaginativos, no se caracterizó precisamente por la creación de metáforas originales; pero tampoco abusó de la invocación a las divinidades de la mitología clásica, tan habitual en esa corriente estética. En el texto del Himno solo encontramos una discreta mención del dios de la guerra: “De los nuevos campeones los rostros / Marte mismo parece animar”.

En su meduloso estudio preliminar de La lira argentina, Pedro Luis Barcia enuncia, con relación a los poetas de la Revolución, una serie de consideraciones que, por inferencia silogística, bien pueden convenir al autor del Himno.

Así, pone de manifiesto que “la mayor dificultad que se les presentaba era expresar las luchas de la independencia respecto de España por medio de la lengua de ella heredada” y “que, no pudiendo interponer distancias lingüísticas ni literarias entre el enemigo político y los poetas de la patria, debieron acentuar y ensayar formas de diferenciación en su poesía”.

Dice después que una de ellas fue “la insistencia en un americanismo colombino frente a lo peninsular”, con “la concepción de la América como vasta patria común”. En la cuarta octava, el Himno apostrofa: “¿No los veis sobre México y Quito / arrojarse con saña tenaz? / ¿Y cuál lloran, bañados en sangre, / Potosí, Cochabamba y la Paz? / ¿No los veis sobre el triste Caracas / luto y llantos y muerte esparcir? / ¿No los veis devorando cual fieras / todo pueblo que logran rendir?”.                       

El académico considera que “otra de las formas de diferenciación intentadas en la poesía de la época entre españoles y americanos fue la exaltación de un indianismo poético (…). De esta manera, se exaltan los derechos de los naturales frente al conquistador español y se muestra a los criollos, a los patriotas, como descendientes con derecho a defender el suelo nativo y a procurar la expulsión del ‘vil invasor’”. Es en ese sentido que López y Planes escribe: “Se conmueven del Inca las tumbas, / y en sus huesos revive el ardor, / lo que ve renovando a sus hijos / de la patria el antiguo esplendor”.

El Himno se cantó con fervor y entusiasmo durante el siglo XIX. Cuando era gobernador de Cuyo, San Martín ordenó que “todos los jueves se presenten las escuelas en la Plaza Mayor a entonar la canción nacional”. Después lo llevó a Chile, donde se cantó como himno nacional hasta 1820, y a Perú; hasta 1832 fue también el himno nacional de Uruguay. Vega presenta testimonios de que “en Venezuela se cantaba ya en 1818”, y de que en 1822 negros esclavos lo entonaron en Panamá.   También existen testimonios de que en nuestro país, durante las guerras civiles, lo cantaron tanto unitarios como federales.

Pero cuando a fines de ese siglo se estimó que había llegado el momento de establecer relaciones amistosas con España, las estrofas del Himno constituyeron, al parecer, un obstáculo.

En ese contexto, el 3 de marzo de 1900 el presidente Roca emite un decreto cuyo único artículo establece que “en las fiestas oficiales o públicas, así como en los colegios y escuelas del Estado, solo se cantarán la primera y la última cuarteta y el coro de la Canción Nacional sancionada por la Asamblea General el 11 de mayo de 1813”.

En los considerandos se expresa, entre otras cosas, que “el Himno Nacional contiene frases que fueron escritas con propósitos transitorios, las que hace tiempo han perdido su carácter de actualidad”, y que “tales frases mortifican el patriotismo del pueblo español y no son compatibles con las relaciones internacionales de amistad, unión y concordia que hoy ligan a la Nación Argentina con la de España”. No hace falta ser demasiado perspicaz para adivinar cuáles son las frases cuestionadas.

Claro que el presidente Roca y los ministros que refrendaron el decreto no tuvieron demasiado en cuenta el sentido de lo que quedaba, donde no se explicita, por ejemplo, a quién responden los libres del mundo.

Por otra parte, hubo quien señaló que en el primer verso del último cuarteto, por un error de transcripción, dice “abrieron” donde debe decir “alzaron”; la observación es atendible, pues la estrofa anterior termina expresando que “sobre alas de gloria alza el pueblo / trono digno a su gran majestad”.

El texto completo, que pasó a ser llamado “Himno viejo” por la población, se siguió enseñando en las escuelas, estaba impreso en las libretas de enrolamiento y la gran recitadora Berta Singerman lo tenía en su repertorio: no siempre lo interpretaba, y cuando lo hacía el público, enfervorizado, la aclamaba. Hoy los alumnos no lo conocen, y nos animaríamos a decir que los maestros tampoco; no se puede imprimir en una tarjeta de plástico, y resulta inimaginable una función de recitado de poesía clásica.

En cuanto a la versión abreviada, en los últimos tiempos ha sido objeto de toda clase de atropellos por parte de personajes de la farándula y de la política (que cada día tienden más a ser lo mismo) y la modalidad de cantar el Himno con la mano en el corazón, copiada de deportistas extranjeros, fue adoptada por una ex titular del Ejecutivo Nacional.

Pero a fines de 2010, aunque fugazmente, el Himno viejo revivió. Lo cantaron, al retirarse, los desalojados de las tierras tomadas en el parque Indoamericano, que descubrieron en esas estrofas un canto a la libertad y a la verdadera unión latinoamericana.

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