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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 20 de enero de  2019
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Semana Santa del Buenos Aires criollo

Semana Santa del Buenos Aires criollo

A propósito de la Semana Santa que comenzamos a transitar, reproducimos el artículo que redactamos para la edición impresa de Tras Cartón de abril de 1994 y que refiere a un rasgo que esta celebración tenía en la Buenos Aires de antaño.

Como es bien sabido, los días sagrados más importantes del cristianismo son los de la Semana Santa, cuando se recuerda la “pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo”. En nuestro país esta ceremonia religiosa se celebra desde la época colonial. Nos detendremos en una costumbre olvidada de la Semana Santa, olvidada porque se extinguió con sus propios protagonistas, las comunidades negras y mulatas del Buenos Aires criollo, es decir, del Buenos Aires anterior a la época de la gran inmigración, cuando nuestra ciudad todavía era una “Gran Aldea”. Esa costumbre era la quema del Judas Iscariote.

Desde el miércoles hasta el sábado santo, la ciudad estaba en un absoluto recogimiento, era como si se hubiese detenido toda actividad y solo los oficios religiosos señalaban el vivir urbano.

La quema del Judas Iscariote en la noche del sábado indicaba un momento culminante en la vida de esa Buenos Aires que recobraba su actividad a partir de las 12 de ese día. Precisamente en ese momento, cuando se recordaba la ascensión de Cristo, la ciudad adquiría vitalidad con el sonido de las campanas, el estruendo de los petardos y los sones de las bandas musicales. Por la noche, la quema del Judas Iscariote congregaba a las clases populares de la ciudad criolla, a los trabajadores, negros y mulatos. Esta costumbre de las clases populares, manifestación de la cultura y de sus sentimientos, de su presencia y de a negritud, le parecía a la burguesía urbana una manifestación de barbarie e incultura. Thomas Love, en Cinco años en Buenos Aires, decía: “La quema del Judas Iscariote es un espectáculo grotesco. En el medio de la calle se cuelgan muñecos de trapo rellenos de cohetes y de combustible. En la noche del sábado se les prende fuego y don Judas estalla entre los gritos de la multitud”.

Esta manifestación popular se prestaba a satirizaciones políticas en las que, a veces, resultaba ridiculizado un miembro de la comunidad mercantil británica, de esa comunidad que se afianzaba económica y socialmente en el Plata. Leemos en Love: “Las diversiones de la plebe ofendían la decencia (…) Se observó que uno de los Judas llevaba un traje semejante al de un oficial de la marina inglesa. Cuando se dijo que representaba al capitán O’Brien, la policía ordenó su retiro. El pueblo no tomó interés en la disputa. Cuando esta estaba en su punto álgido, el capitán pasó frente a una multitud que se hallaba frente a la Iglesia y al Colegio y se lo trató con gran respeto haciendo espacio para que pasara (…) Todos sufrimos por este incidente –dijo el capitán a uno de sus compatriotas– vamos a vengarnos con honor”. El relato corresponde a la época de Rivadavia cuando la burguesía decía que la quema de los Judas Iscariote era una antigua costumbre, bárbara o salvaje, que caería en desuso con la civilización y las luces.

Pero en la época de Rosas floreció la quema de los Judas Iscariote. Debemos tener en cuenta que en esos años las relaciones de Don Juan Manuel con las clases populares facilitaron la manifestación de sus costumbres. Así, Mac Cam nos dice: “Por la noche (del sábado) las calles rebullen de vida y de alegría. En algunos sitios la gente se divierte quemando la efigie del Judas Iscariote. En La Alameda levantan una gran horca de la que cuelgan una figura colosal del traidor; barricas de alquitrán arden alrededor y como el muñeco está relleno con petardos estos explotan a cada momento mientras los cohetes voladores iluminan la escena y son recibidos con gritos por la multitud. Los negros y los mulatos eran quienes tomaban parte principal en estas ceremonias. Las clases más respetables no mostraban mucho interés por ella, aunque alguna de las procesiones congregaron un público muy numeroso”.

No se trataba de un solo Judas Iscariote, sino de numerosos de estos muñecos que se quemaban en distintas partes de la ciudad.

La quema de Judas era la quema del traidor, del que había vendido a Jesús, pero era, a través de esto, la quema de aquellos individuos particularmente odiados por el pueblo. Así, cuando el Judas era un comandante inglés, en esta quema se manifestaba el odio del mulataje al invasor, odio que se remontaba a la época de las invasiones inglesas.

Cuando el Judas era Paz, aquí se manifestaba la animadversión de los sectores populares al “loco y salvaje unitario” contra Rosas.

La quema del Judas Iscariote fue una costumbre popular que formaba parte de la Semana Santa. Era el momento en el cual se diferenciaba la religiosidad popular de las costumbres burguesas.

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