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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 24 de noviembre de  2017
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La palpitante condición humana

La palpitante condición humana

Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Humberto Costantini. Muchas de sus mejores narraciones transcurren en barrios porteños, que describe con precisión debida, de seguro, a haberlos caminado largamente; también en su obra, la ciudad es como un plano de las humillaciones y fracasos, pero también de los entusiasmos y alegrías, de sus personajes.

Sus biógrafos coinciden en señalar que nació en la ciudad de Buenos Aires el 8 de abril de 1924, que pasó la infancia en el barrio de Villa Pueyrredón, que se recibió de médico veterinario en la Universidad de Buenos Aires, que se trasladó a ejercer la profesión a Lobería, provincia de Buenos Aires, y que en 1953 o en1955 (aquí difieren) regresó a la capital, donde en 1958 publicó su primer libro.

Se trata de De por aquí nomás, que reúne diez cuentos. Uno de ellos, La patada, conserva indignante actualidad. La acción se desarrolla en uno de esos pasillos del Hospital de Clínicas que sesenta años después aún funcionan como salas de espera, donde los enfermos sufren un maltrato que poco y nada ha cambiado en sus formas, y que bien conocen todos los que alguna vez han acudido al hospital público. (“A ver, ¿por qué hay que sacar número antes de las ocho si el doctor aparece a las diez y media? [...] ¿Por qué lo menosprecian así? [...] ¿Por qué lo tutean? Eso, ¿por qué tutean los médicos a todo el mundo como si estuvieran hablando con criaturas o con perritos?”).

Un señor alto, rubio, de bigotes, publicado en 1963, es su segundo libro de cuentos. En el titulado “Un molesto ruidito a sus espaldas”, describe la alucinada carrera por el barrio de Saavedra de un ciclista que busca alejarse de su casa y de su mujer, a quien pegó durante una pelea. En el trayecto, siente que alguien lo sigue y empieza a temer la venganza que ella insinuó.

Costantini emplea recursos del policial negro, como el flashback, y revela un manejo del ritmo narrativo y del suspenso que atrapa y retiene la atención del lector. “(…) se dio vuelta y vio el auto, detenido, inmóvil a un costado del camino, lo que era un poco extraño porque hacía un minuto, cuando él había pasado por allí, no estaba, y que ahora, cuando él volvía a pedalear, arrancaba despaciosamente (…)”.

A Una vieja historia de caminantes, publicado en 1967, pertenece “El príncipe, la princesa y el dragón”. En este cuento Costantini reivindica el mito del “joven príncipe de rica vestidura azul y empenachado yelmo que, montado en un caballo blanco, arremete, espada en mano, contra un horripilante dragón, mientras una princesita de largas trenzas rubias lo observa desde lo alto de una torre”, mito actualmente vilipendiado por la estupidez de turno que, como todas las estupideces, aborrece la fantasía.

Así, Costantini rescata las virtudes de valor, justicia y generosidad: solo que no están encarnadas en un joven príncipe sino en un modestísimo empleado próximo a la cincuentena, de salud frágil, que califica a su vida de opaca y miserable; que la princesa es una escolar de nueve o diez años y el dragón, un hombre que intenta secuestrarla; y que la historia no se desarrolla en Aquitania ni en Carcasona, sino en la calle Murguiondo, próxima a la intersección con la de Echeandía, en el barrio de Mataderos.

Por entonces, escribió Luis Gregorich que “Costantini se revela atento observador de la vida cotidiana, en especial en lo que se refiere a sus rasgos pintorescos o emocionantes, y utiliza una lengua coloquial que, si bien se aleja de toda experimentación formal, resulta convincente en la estructuración de las sencillas historias –a veces de transparente intención didascálica o satírica– que están en la base de la mayor parte de sus cuentos”.

En 1970 publicó Háblenme de Funes. En esta nouvelle, considerada como una de sus mejores obras, y que según se ha dicho mereció el elogio del mismísimo Borges, el autor traslada el mito de Orfeo a una Buenos Aires donde un viejo pianista de tango se esfuerza por volver a formar su orquesta con músicos “juntados por ahí”.

Costantini emplea el procedimiento consagrado por Collins en La piedra lunar, donde cada uno de los personajes cuenta su versión de la historia; según uno de sus alumnos, se había propuesto que las palabras pronunciadas por los integrantes de la orquesta sonaran de modo parecido al de sus respectivos instrumentos. Así, dice el primer violín: “Fuimos entrando, un juego, una aventura, un salir al encuentro de la magia junto al violín de Funes, imitándolo, imitándole el modo, dando chance, desafiando a los otros, inventándonos, conversando en la música, juntándonos en alguna cadencia, haciendo un chiste, provocándolo al viejo, compadreando (…)”.

“Bandeo” es el cuento que da título al libro publicado en 1975. La acción transcurre en una noche y se desarrolla en la jaula, como bautizó el autor al tramo de Corrientes entre Callao y Cerrito, por donde transitaba en la década del 60 y principios de la siguiente una fauna heterogénea: “Y que así, caminando apurado, llegó hasta Cerrito, en seguida dio marcha atrás y vuelta a caminar por Corrientes hacia Callao, enjaulado en esas ocho cuadras donde la noche iría a dar (estaba dando) una segunda vuelta de espiral, donde un tiempo rezagado y enfermo lo estaba esperando atascado en esas ocho cuadras, de las cuales no es posible salir (…)”.

Nadie supo describir como Costantini los devaneos de esa generación; nadie supo comprender y plasmar como él la soledad que la agobiaba, el desasosiego que la perseguía y el hastío que la paralizaba, de los que buscaba salvarse asida al marxismo y al psicoanálisis, como escribió Alberto Vanasco, o intentaba hallar olvido en el alcohol y los amores fugaces.

Después, Costantini vivió experiencias durísimas, como la desaparición de, entre otros, sus grandes amigos y compañeros de letras y de militancia Roberto Santoro y Haroldo Conti, y el exilio en México, al que nunca se adaptó. A su vuelta le escuchamos decir que ni siquiera la luna de ese país se parece a la de Buenos Aires.

Fortalecida acaso por esas experiencias, su voz adquirió “un tono más hondo y más vibrante” para hablar de las grandezas y miserias de la “caliente condición de hombre”.

La novela De dioses, hombrecitos y policías, escrita durante la dictadura, obtuvo el premio Casa de las Américas de 1979 y se publicó en Buenos Aires en 1984. La obra, en la que Costantini revela su profundo conocimiento de los mitos griegos, se desarrolla en tres planos: el Olimpo, donde discurren los dioses; la Tierra (más concretamente, Buenos Aires; en Buenos Aires, el barrio de Villa del Parque; y en ese barrio, la casa de la calle Teodoro Vilardebó 2562), donde trajinan los hombrecitos, en todos los sentidos que ese diminutivo tiene (“hombrecitos, apenas una nada, una invisible cosquillita en el cosmos, apenas una copa de vidrio, una osamenta, un cachito de acrílico entre el polvo reseco de un planeta difunto”) y esa especie de submundo donde acechan los represores, tributarios del dios de las profundidades infernales.

¿Quiénes, de entre todos los miembros de la especie, podrían ser los elegidos por un gran escritor para simbolizar los límites de la condición humana? Muy simple: los malos escritores, en todas sus variantes. Lo mismo hizo Shakespeare en Sueño de una noche de verano; en esta obra, entre las hadas y los duendes, por un lado, y los pobres menestrales devenidos en dramaturgos y actores, por el otro, evolucionan los benditos enamorados. En la novela de Costantini, entre los dioses y los poetas domingueros pululan los malditos policías.

Costantini no ofrece, propone ni mucho menos propicia salidas; “porque es el sino de los mortales espléndidos atravesar la dulce vida bajo la permanente amenaza de la muerte”. Y nos recuerda que justamente por eso, y no a su pesar, es digna y valiosa la lucha del hombre.

En cuanto a la novela La larga noche de Francisco Sanctis (1984) es, como expresa el autor al principio, “la historia de un conflicto íntimo, de índole moral digamos”, y tiene lugar en la noche del 14 de noviembre de 1977. El protagonista, padre de tres hijos, está alejado de la política y sacar adelante a su familia con su trabajo de contable es el único objetivo de su vida. Una mujer que hacía mucho tiempo no veía lo anoticia de que esa misma noche los servicios van a ir a buscar a dos desconocidos, y le pide que les avise. La información ni siquiera es creíble del todo, y el cometido entraña riesgo de vida. A Francisco Sanctis le queda poco tiempo para decidir qué hará.

Trece de los dieciséis capítulos de la novela (el décimo séptimo es una suerte de epílogo) están dedicados a las “no menos de diez horas de bravísima pulseada consigo mismo” que transcurren durante un tortuoso periplo por Belgrano, Núñez y un tramo de Vicente López, con paradas para buscar ayuda y consejo en personajes que poco y nada quieren, o pueden, o les interesa hacer. (“La ciudad es un enorme desierto donde los pocos tipos que todavía la transitan han de ser fantasmas, seres extraños e indiferentes a los que, no solo está prohibido, sino que además debe ser peligroso importunar”).

A En la noche, publicado en 1985, pertenece el notable cuento “Fin de semana”, que se desarrolla en Buenos Aires durante la dictadura y relata las incidencias de un domingo que reúne a dos jóvenes parejas de militantes del ERP, padres de sendos bebés. La narración, a cargo de una de las muchachas, entrecruza tiernas escenas familiares con comentarios políticos, ensombrecidos ambos por la angustia ante la amenaza, innombrable pero siempre presente, de ser descubiertos y capturados. “(…) sentí miedo por ellos, y por mí, y por este cachito de felicidad que todavía nos dejan los hijos de puta, este pequeño trecho de alegría entre las cuatro paredes de esta piecita, todavía milagrosamente segura, pero que a lo mejor el mes que viene, la semana que viene, va a ser solo un recuerdo, un lejano o imposible recuerdo en medio de la desesperación, de la tortura o de la muerte (…)”.

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