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“La magia la lleva uno a cualquier lado”

“La magia la lleva uno a cualquier lado”

Un pequeño show de magia de cerca con adivinación de cartas y un mazo que es lanzado por la boca; travesura de pelotitas coloradas que se transportan de una mano a otra o de una mano a un bolsillo y viceversa por sí solas. Todo sucede en una pequeña mesa ante nuestros ojos por obra de Fakiri, un mago adscripto a la escuela tradicional de su oficio, capaz de deglutir agujas para volver a sacarlas por su boca enhebradas y de sentir devoción por dos figuras tan disímiles como Fu-Manchú y René Lavand.

–¿Cómo y por qué decidiste hacerte mago?
–Uno no es que decide o elige hacerse mago. Yo creo que son cosas que se van generando a lo largo de la vida o de los primeros años. He tenido alguna caja de magia; a los seis años he hecho un pequeño show en mi escuela primaria… Siempre estuve conectado con la magia. Veía magos, me atrapaba, me gustaba, hacía algunas cosas, hasta que después de los 12 años decidí dedicarme a full. O sea, a entender que esto iba a ser mi oficio.

–Eso significa que fuiste bastante precoz…

–Son las mejores edades para comenzar con la magia porque es cuando uno puede desarrollarse en diferentes puntos y tener más tiempo para dedicarse.

–¿Cómo fue ese primer show que hiciste a los seis años?

–Un pequeño juego en el escenario. Un cuchillo que cambiaba por un tenedor. Inclusive ahí yo tenía una partenaire, así que ya tenía en mente esa cuestión escénica.

–¿Y las primeras presentaciones que hiciste como mago ya asumido?

–Uno empieza en eventos por lo general alrededor de los 13 años, principio de secundaria. En esa época era el único entre mis compañeros que tenía un celular y atendía las llamadas en el curso. Me llamaban por algún evento y las maestras o los profesores me dejaban atender. Después hacía los cumpleaños de sus hijas o sus sobrinas. En esa época, siendo adolescente, uno siente que la vida es una fiesta. Uno no piensa tanto las cosas y las hace. Es ahí donde se forja completamente mi idea y mi orientación hacia la magia.

–¿Cómo fue tu formación?

–Mi primer acercamiento con la magia fueron mi tía y mi mamá. Me hacían magia. Después de comer mi tía me mostraba la mano vacía, la cubría con la servilleta, decía unas palabras mágicas, yo metía la mano, no había nada y después de las palabras mágicas había una golosina o algo. Entonces yo creo que ya estaba relacionado desde ese punto. Ahí creo que comienza todo. Y mi formación fue viendo algunos programas de magia, una caja de magia que me regalaron, y tiempo después, con unos profesores, también de forma particular. Tenía, suponé, clases de 7 a 9, y nunca me iba antes de las 5 de la mañana.

–¿Y el profesor te aguantaba?

–Sí. Era mutuo el aguante. Hacíamos un montón de cosas. Veíamos videos, cenábamos.  A los dos meses de estar estudiando con ese profesor, a un compañero de banco que le gustaba y veía la magia con pasión, le dije “vení a estudiar conmigo”, y bueno, ya éramos tres. Pero en la magia hay profesores y maestros. Y yo tuve la fortuna después de muchos años de estar en el oficio de hacerme amigo de un gran maestro de magia de acá, de Argentina, que se llama Merpin. Él fue mi maestro.

–¿En qué reside esa distinción que hacés entre profesor y maestro?

–En la profundidad con que te enseñen en el oficio. Como en cualquier oficio o arte, está la parte comercial y la parte más profunda, más analítica, que tiene que ver con las escuelas de la magia. Una escuela clásica, una escuela más moderna, una escuela más inicial, diferentes formas de enfocar lo que sería el efecto de la magia, lo que hace que la gente se asombre. Entonces yo creo que un profesor te puede enseñar el oficio y las formas de venderlo y poder hacerlo en algún punto comercial a un determinado tiempo, pero cuando uno decide tomarlo como una carrera que va a durar toda la vida, aquel que te da un método es el gran maestro.

–¿Cuál es el enfoque de la escuela tradicional de magia?

–Algunos dicen escuela clásica o escuela más bien purista, en la cual el enfoque está centralizado en el efecto mágico, no en el truco. Porque lo que se genera en la magia es un efecto, no un truco. El truco remite a un objeto trucado. En cambio, el efecto es lo que realmente ocurre en la mente. La magia de mi escuela centra todo en el efecto. El efecto es lo principal. Y después uno con su bagaje propio de vida y cultural, y lo que uno va aprendiendo, lo nutre de todo lo que le falta. No es que le falte algo al efecto sino a la parte de la presentación o del show. Algunos magos se preocupan demasiado en la historia para cubrir el efecto. En realidad, cuando uno se encuentra solo en su estudio con el efecto y el efecto se brinda al mago, en esas madrugadas en que el efecto se revela y se muestra como es, uno encuentra esa relación y, bueno, se genera un acto único, como quien diría un acto de amor. Llegar a ese punto es algo que es muy propio de esta escuela.

–¿Cómo nace el nombre de Fakiri? Imposible dejar de asociarlo con un determinado tipo de magia…

–Exactamente. Yo hago faquirismo. Durante unos años trabajé en un restaurante griego, mis primeros pasos en la magia fueron ahí y el dueño del lugar me sugiere esta palabra, fakiri, que significa “mago” en griego antiguo. Como a mí me atraía un poco el faquirismo, determinados efectos que vi de chico siempre me atrajeron, que tienen que ver con eso como el deglutir agujas y un hilo y lograr enhebrarlas en el cuerpo mismo y sacarlas enhebradas.

–¿Y eso no es lo que llamamos un truco?

–En el faquirismo no hay trucaje. El cuerpo humano es una máquina que se adapta a situaciones y permite esas destrezas. Lo que se ve implica un riesgo real que excede al efecto. Martillarse un clavo en la nariz, más allá de que físicamente pueda entrar o salir de la nariz, entraña un riesgo que es real. Esos efectos tienen el plus de enfrentar al público con esa sensación de “miro pero no miro”. Es como un accidente, que uno no quiere mirar, pero a veces la gente mira. Son adaptaciones del cuerpo. No es que resiste un dolor; más que un dolor uno tiene que estar más atento al riesgo que hay. Porque si una aguja no va al espacio que uno tiene ensayado, destinado para ese momento, puede ser el último efecto.

–El faquirismo es una veta que vos ofrecés dentro de una amplia gama de propuestas…

–En realidad, el faquirismo logré hacerlo de una forma estética como para que todo el mundo lo pueda ver. Porque si vos le decís a alguien: “¡Eh! Se martilla un clavo en la nariz”, lo primero es la impresión. El tema es cómo uno logra que ese efecto pueda ser visto por todo el mundo. Ese efecto forma parte de diferentes espectáculos que yo ofrezco, que realizo y que voy armando, que son los espectáculos más teatrales, donde por ahí hay como un argumento oculto, pero no deja de ser un show de magia. Después tenemos lo que sería la magia para eventos y los números musicales, que son números donde no hay un guion verbal sino musical, como más internacional. Lo que tienen de bueno esos números es que abren las puertas a otros espacios, no solo a eventos, sino que permiten viajar y poder hacer presentaciones en el exterior. La magia de eventos es más limitada al habla hispana. Por ahí un número musical puede ser visto por cualquier persona, en cualquier condición y en cualquier país del mundo porque es una magia visual. Yo he tenido gente con dificultades auditivas que ha podido disfrutar no solo de ese número sino de todo el show. Es un tipo de magia visual. Tal vez es la magia que más trabajo lleva en la preparación del efecto y del número.

–¿Cuál sería un ejemplo de magia de números musicales?

–La producción de objetos, que es algo muy entendible. Tenés las manos vacías y aparecen cosas.

–Cambiando un poco el eje de nuestra charla, ¿cuál es el panorama de la magia en la ciudad de Buenos Aires?

–Uno puede encontrar diferentes propuestas en función de las diferentes ramas que tiene la magia. Vos podés ir a un restaurante o a un bar y encontrarte con lo que es la magia de cerca, que se acerca un mago a la mesa y es un show íntimo de cinco, diez, quince minutos, depende de la recepción que hacen en la mesa, y ahí ya tenés un estilo de magia, la magia de cerca, que podés encontrar en cualquier lugar de la ciudad, porque hasta en el lugar menos pensado por ahí hay un mago. Después tenés lo que son las cenas show, el café concert, también en un restaurante… El mago puede hacer magia en cualquier lado. Y después lo que son las propuestas teatrales que siempre hay. Depende de la época del año, pero siempre hay dos, tres, cuatro shows de magia en teatros dando vueltas. Yo tengo algunos ciclos en el Paseo La Plaza y formo parte de un grupo que fomenta mucho eso: mantener la magia teatralmente. Ya hay tres propuestas de magia que por ahí en otro lugar del mundo o de Sudamérica uno no encuentra. También tiene que ver con el consumo que hay de teatro en la ciudad.

–¿Existen espacios en la ciudad que están destinados específicamente a la magia?

–Hay un espacio en Palermo que es de un campeón mundial, que es la tercera sala, que es muy admirable y están muy agradecidos de que una persona haya podido abrir tres espacios en diferentes tiempos para la magia; ahora tiene su espacio ahí, en Palermo, con un teatro adaptado, un gran escenario, muy lindo, y ahí uno siempre tiene acceso para realizar sus shows. Pero también uno tiene que fomentar la actividad fuera de esos espacios. Es bueno que el mago esté en un espacio no solo para la magia sino también en teatros. Como te decía, yo trabajo bastante en el Paseo La Plaza, que tiene salas de todas las medidas y hay una sala en la que siempre hay magia. Pero además hay un montón de lugares donde una propuesta realmente acorde a lo que es la magia teatral puede tener cabida. Porque también hay que hacer algo acorde al espacio adonde uno se ofrece. No hacer en un teatro un show como si fuera para un evento. Más que nada porque tenés luces, tenés otro clima, la gente está pagando para ir a ver… Aprovechar un poco esa mística, la ductilidad que tiene la magia de poder hacerse en cualquier lado.

–Algo como hacer mágicos todos los lugares…

–En realidad, la magia la lleva uno a cualquier lado. Pero no uno como mago. El público. Porque la magia reside en la mente del espectador, no en lo que el mago hace. El mago mueve las herramientas necesarias para que la percepción de tu cerebro las reúna en una sensación. Eso es la magia.

–Ya que sacaste el tema del público, ¿cómo es el público porteño?

–Los públicos son iguales y diferentes en todos lados. Iguales porque somos todos seres humanos… Digo que los públicos son iguales y distintos porque muchas veces el mago dice que si el público no aplaude es un mal público y que si el público aplaude es que uno es buen mago. No. En realidad, es una conjunción. Y también hay días en que uno conecta más y uno conecta menos. Por eso está en cómo el contrato que se genera entre el público y el mago se va dando. Yo te puedo presentar el mejor mago del mundo y si ese día no le fue bien vos decís “no, es el peor mago del mundo”. Los públicos son públicos en todos lados y hay que tratarlos con respeto. Por ahí sí, culturalmente hay una diferencia. Acá estamos acostumbrados a la extroversión, al grito, al aplauso y por ahí en lugares de Europa son más reservados en cuanto a la emoción del momento.

–¿Cuáles son los ámbitos y recursos de que dispone un mago en esta ciudad para formarse y para perfeccionarse?

–Hay escuelas de magia. Hay profesores, maestros. También hay libros y videos. El libro, la gran ventaja, es que obliga a ponerle uno la imaginación cuando leés el efecto. El video te resuelve un montón de otras cosas de la parte práctica y obviamente un profesor te ayuda enseguida a orientarte en cómo va el efecto, y el maestro es quien te hace entender lo que estás haciendo. Y el perfeccionamiento son las horas en el escenario. Es como la aviación: vos sos piloto, pero no por el carnet sino por las horas de vuelo. En la magia es lo mismo, porque volviendo un poco al punto del espectador y del público, nunca vas a encontrar dos públicos iguales, entonces todo el tiempo tenés que ir haciendo magia y viendo la reacción de la gente; la perfección se hace en el escenario haciendo magia.

–¿Cómo llega Buenos Aires y nuestra región a relacionarse con la magia?

–Yo te puedo decir los puntos de quiebre muy importantes que hubo. Tuvimos cien años de predominio mágico. Se debe a que más o menos alrededor del año 30, en 1928, 1929, acá venían los grandes espectáculos de magia de otros lugares. Dante [mago norteamericano] sé que vino, y luego de él vino Fu-Manchú, un mago inglés y uno de los mejores de la historia. En el 29, luego de varios shows internacionales, él decide instalarse acá y formar su compañía. Logra empezar a desarrollar la parte más importante que es la formación de su carrera en ese año 1929, casualmente el año en que nace René Lavand. Y Fu-Manchú hasta el 60 se dedica a la actividad profesional de espectáculos y viaja a Estados Unidos, donde tiene que actuar con otro nombre porque había un personaje de una serie que se llamaba Fu-Manchú. Él hacía grandes espectáculos, con mucha gente, con mucha puesta en escena, con mucha producción… Por ejemplo, en todos esos espectáculos, cuando se movían lo hacían en barcos, con una puesta enorme, porque tenían mucha gente, mucho vestuario, mucho desarrollo escenográfico. Entonces, ese es un punto muy importante de la magia en Argentina. Él impone esa estructura de ver la magia, esa profundidad… Y también hace que todos los magos de acá tengan una avanzada en relación a los demás magos de América latina. Este es el primer punto importante de inflexión que tiene la magia acá en nuestro país. Y digo que fueron 100 años de dominio mágico total porque él se retira en el 60 y René Lavand comienza su actividad en el 61. ¿Y por qué te concateno a René Lavand? Porque tenemos un mago con una exuberancia en efectos y en cantidad de cosas, en duración, y tenemos al otro mago del mundo con una mano, un mazo de cartas y un pocillo de café. Decime si no se le ríe a Fu-Manchú porque él viaja con un mazo de cartas y un pocillo de café… Fu-Manchú viajaba con barcos, pero los dos fueron los magos más grandes de la historia.

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