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 15 de diciembre de  2017
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Francisco Petrone, todo un hombre

Francisco Petrone, todo un hombre

Se cumplen hoy cincuenta años de la muerte del gran actor y director teatral Francisco Petrone.

Había nacido en Buenos Aires el 14 de agosto de 1902. Cuentan los biógrafos que su verdadero nombre era Francisco Antonio Petrecca Mesulla y que cursó la primaria en una escuela porteña, tras lo cual transitó por distintos oficios hasta que, gracias a los buenos oficios de su amigo, el actor Sebastián Chiola, ingresó como comparsa en la compañía teatral Vittone-Pomar. Ese fue el principio de una profusa y ejemplar trayectoria que se prolongó hasta su muerte.

En cuanto al cine, debutó en 1935 en Monte criollo, de Arturo S. Mom; el prestigioso crítico King escribió entonces que “la interpretación tiene su punto alto en Francisco Petrone”. Al año siguiente actuó en Sombras porteñas, de Daniel Tinayre, y en 1937 en La fuga, de Luis Saslavsky. Cabe señalar que en estas tres películas participaron, respectivamente, tres de nuestras mejores cancionistas: Azucena Maizani, Mercedes Simone y Tita Merello.

En 1938 actuó en Turbión, de Antonio Momplet, junto a Luisa Vehil, y en 1939 en Hermanos, de Enrique de Rosas. Ese mismo año se estrenó Prisioneros de la tierra, del gran Mario Soffici; el film, cuyo argumento está basado en cuatro cuentos de Horacio Quiroga, adaptados por su hijo Darío junto con Ulyses Petit de Murat, ha sido considerado por distintos especialistas como el mejor en la historia del cine argentino.

Siguieron, en 1941, Águila Blanca, de Carlos Hugo Christensen, y Persona honrada se necesita, una comedia de Francisco Mugica que en su momento obtuvo buenas críticas.

Artistas Argentinos Asociados

Por ese entonces Petrone, junto con sus colegas Enrique Muiño, Elías Alippi y Ángel Magaña, el director Lucas Demare y el productor Enrique Faustín, inspirados por el sello norteamericano Artistas Unidos (conformado por David Griffith, Charles Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks) y animados por el propósito de “hacer buenas películas con temas nacionales”, constituyen la cooperativa Artistas Argentinos Asociados, que produjo algunas de las más notables películas de nuestro cine.

La primera, El viejo Hucha, se estrenó en 1942; la dirigió Demare, sobre un guión de Homero Manzi y Petit de Murat, y Muiño y Petrone eran los protagonistas. En ese film se estrenó el tango Malena, con música del hermano del director, Lucio, y letra de Manzi: lo cantó Osvaldo Miranda.

El mismo equipo, al que se sumaron los actores Amelia Bence, Magaña y Chiola, entre otros, tuvo a su cargo la realización de la celebérrima La guerra gaucha, estrenada también en 1942. Esta película constituyó un gran éxito de público y de crítica: recibió elogiosos comentarios por parte de los más exigentes especialistas y recibió varios premios, entre ellos el Cóndor, discernido por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina en las categorías Film, Director, Adaptación y Actor Principal (que le correspondió a Petrone), Montaje, Sonido y Cámara, y el Primer Premio de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires en distintos rubros, entre ellos el de actor principal, que también se adjudicó Petrone.

A propósito de esta película, y con referencia a “la secuencia en la que Francisco Petrone debe reconocer el cadáver de su hijo adolescente, muerto en acción”, escribió hace cuatro años Ernesto Schóo en La Nación: “Sin mover un músculo de la cara, tan sólo con la intensidad de la mirada, Petrone asume la grandeza de la tragedia. Aun hoy, a más de medio siglo de ser filmado, sigue siendo uno de los primeros planos más extraordinarios de la historia del cine, y no sólo del cine argentino; comparable con primeros planos de Spencer Tracy, Paul Muni o Anthony Hopkins”.

El film permaneció en cartelera diecinueve semanas, durante las que lo vieron 170.000 espectadores.

Así las cosas, el año siguiente Artistas Argentinos convocó al director francés Pierre Chanel, quien había llegado huyendo de la persecución antisemita orquestada por la ocupación alemana en su país, para encomendarle la realización de Todo un hombre, a partir de una adaptación de Manzi y Petit de Murat de la novela Nada menos que todo un hombre, de Miguel de Unamuno.

El film, estrenado en 1943, afianzó aun más, si era posible, el nombre de Petrone, quien compartió el protagonismo con Amelia Bence y otro gran actor, Guillermo Battaglia. Así, por su labor en esa película, el año siguiente recibió nuevamente el Cóndor académico.

Dos años después se estrenó otra película señera, Pampa bárbara, codirigida por Demare y Hugo Fregonese, con los guionistas habituales y Petrone y Luisa Vehil en los papeles protagónicos.

Y en 1947 fue el turno de Como tú lo soñaste, también de Demare, con Petrone y Mirtha Legrand en los principales papeles, que fue recibida con críticas dispares.

El exilio (y el reino)

En 1950, cuando Petrone parecía hallarse en la cumbre de su carrera, tuvo que interrumpirla bruscamente para partir al exilio, al igual que el ya nombrado Petit de Murat, el premio Nobel Bernardo Houssay, el histórico dirigente socialista Alfredo Palacios, el gran músico Juan José Castro, los destacados actores Delia Garcés, Niní Marshall y Arturo García Buhr, la popular cancionista Libertad Lamarque, y tantos ciudadanos argentinos de bien obligados por el régimen peronista a marchar al destierro o la cárcel, o a padecer ninguneos y ostracismos, por el solo delito de pensar distinto.

Por su parte, Petrone adhería al Partido Comunista Argentino; “era un hombre de convicciones muy firmes, claro que en aquella época eso no era tan infrecuente como ahora”, recuerda Pedro Gaeta. Porque entonces ese partido, que a través de sus hombres ejerció alguna vez una influencia notable sobre la cultura argentina, contaba en sus filas con personalidades dignísimas y sobresalientes, como Raúl González Tuñón, en la poesía y Leónidas Barletta en el teatro, Lino Enea Spilimbergo y Demetrio Urruchúa en la plástica y el nombrado Juan José Castro y Osvaldo Pugliese en la música, por no citar más que a algunos. También supo dar mártires, como Juan Ingallinella y Ernesto Bravo, a los que acaso convenga olvidar para no contradecir al relato.

Volviendo a Petrone, en México filmó dos películas a las órdenes de Alejandro Galindo, La duda e Historia de un marido infiel, en Perú montó La muerte de un viajante de Arthur Miller y en Venezuela, con el estreno por su compañía de Joaquina Sánchez de César Rengifo, marcó una nueva etapa en el teatro nacional de ese país.

A su regreso del exilio, y a favor de la eclosión cultural que, aunque el relato peronista lo niegue, o lo ignore, se produjo a la caída de la primera etapa de ese régimen, Petrone creó el Circo Teatro Arena, una auténtica carpa de circo dispuesta para funcionar como sala teatral que se instaló en la Plaza Once y se inauguró en junio de 1958 con Una libra de carne, una sátira de fuerte contenido social del también comunista Agustín Cuzzani.

Así, entre ese año y 1962, Petrone dirigió en ese espacio, ante un público masivo, las obras Juan Moreira, de Rodolfo Kusch, donde asumió el papel protagónico; Las de Barranco, de Gregorio de Laferrère; El huerto soñado, de Robert Bolt, donde encarnó al personaje Cherry; Un guapo del 900, de Samuel Eichelbaum, en que, como no podía ser de otra manera, dio vida a Ecuménico López; Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, en la adaptación de Arthur Miller y con traducción de Jacobo Muchnik, donde personificó al protagonista, el doctor Tomás Stockmann; El error de estar vivo, de Aldo de Benedetti, donde recreó al personaje Adrián Lari, y, finalmente, Una luna para el bastardo, de Eugene O’Neill, en la versión castellana de León Mirlas, donde interpretó al torturado personaje James Tyrone.

Asimismo, en la década del 60, Petrone dirigió varias obras en el teatro Odeón, como La gata sobre el tejado de zinc caliente, de Tennessee Williams, y Largo viaje de un día hacia la noche, de O'Neill. Recordamos haberlo visto en Mesas separadas, de Terence Rattigan, que también dirigió: simplemente se imponía, no sólo por su recia y sobria estampa, ni por sus gestos, medidos y precisos, sino por su profunda y bien modulada voz que, sin necesidad de levantarla, ni mucho menos de micrófono u otros artilugios, llenaba toda la sala.

En cuanto a su participación en el cine después del exilio, en 1957 actuó en Todo sea para bien, de Carlos Rinaldi, sobre la obra homónima de Luigi Pirandello, con guión del propio Petrone y de Cuzzani.

Dos años después lo hizo en El dinero de Dios, que Román Viñoly Barreto filmó sobre guión de Petit de Murat, quien también había vuelto del exilio.

En 1960 participó en el muy celebrado documental Tire dié, donde Fernando Birri refleja la angustiosa situación de pobreza y abandono de los niños de un barrio de Santa Fe.

Dos años después, pudo concretar un proyecto largo tiempo acariciado, el de actuar en una versión cinematográfica del Hombre de la esquina rosada, de Borges: lo hizo en el film de ese nombre de René Mugica. Dijo Borges: “De todas las adaptaciones cinematográficas de mi obra, sólo hubo una buena: el mal cuento Hombre de la esquina rosada inspiró un excelente film con el mismo título, dirigido por René Mugica. Era éste un film admirable, muy superior al relato endeble en el cual se inspiró”.

Aclamado por la crítica, el film obtuvo el premio a la mejor película del Instituto Nacional de Cinematografía; en cuanto a la labor interpretativa de Petrone, quien encarnó a Francisco Real, el corralero, fue calificada de magistral, y mereció el premio al mejor actor en el festival de Acapulco.

Y en 1965 actuó nuevamente bajo las órdenes de Mugica en El reñidero, sobre la obra teatral homónima de Sergio De Cecco, quien tuvo a su cargo el guión. La obra era, simplificando mucho, una suerte de versión maleva y arrabalera de la Electra de Sófocles, con un marcado influjo del psicoanálisis tan en boga en la época.

En cuanto al film, donde Petrone tuvo a su cargo el papel de Pancho Morales (el Agamenón griego), obtuvo el tercer premio del Instituto de Cinematografía y fue seleccionado para representar al país en el Festival Internacional de Cannes.

Por otra parte, entre los años 1964 y 1965, durante la presidencia del ilustre don Arturo Illia, ejerció la dirección del Canal 7, donde cumplió, al decir de varios especialistas, una de las mejores gestiones que se recuerden.

Cuenta Gaeta que más o menos por esa época se lo solía ver en la SAAP (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos), que entonces funcionaba en la calle Florida, y donde su sencillez y simpatía le granjeaban el aprecio de los artistas. Le gustaba mucho la pintura y de vez en cuando compraba cuadros que pagaba en cuotas, porque, a pesar de su trayectoria y de su popularidad, no era precisamente un hombre rico.

Dicen los biógrafos que estaba casado y tenía cinco hijos que vivían con él; lo cierto es que poco y nada era lo que Petrone dejaba traslucir de su vida personal, y que el escándalo jamás llegó siquiera a rozarlo.

Como era costumbre en la época, el film Todo un hombre comienza con un acápite; se trata de una frase de Unamuno: “Y por el que hayamos querido ser, no por el que hayamos sido, nos salvaremos o perderemos”.

Francisco Petrone fue el mismo que quiso ser: nada menos que todo un hombre.

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