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Eugenio Cárdenas: simple, plural y popular

Eugenio Cárdenas: simple, plural y popular

Hoy se cumplen 125 años del nacimiento de Eugenio Cárdenas. Fue uno de los autores más favorecidos por Gardel, quien le grabó veintinueve piezas.

A diferencia de lo que sucede con la mayoría de los autores de tango, fueron muy pocos los biógrafos que inclinaron la mirada sobre él. Apenas señalan que nació en Carmen de Areco, provincia de Buenos Aires; que se llamaba Acencio Eugenio Rodríguez y que el apellido que eligió como seudónimo era el de su madre.

Cuentan también que era un hombre íntegro, de carácter modesto, que se había ganado el aprecio de Gardel; lo cierto es que el gran cantor le grabó veintinueve piezas, el mismo número de obras de Alfredo Le Pera que llevó al disco, sólo superado por el de las piezas de Juan Andrés Caruso, que alcanzó a diez más. Los límites de este trabajo nos obligan a referirnos sólo a algunas de aquellas obras, seleccionadas entre las más representativas de las principales variantes de su temática, cuya multiplicidad es considerable.

También resultan notables su gran habilidad para versificar y su sensibilidad para aprehender y plasmar la esencia popular. Tal vez Cárdenas no fuera un gran poeta; pero sus versos constituyen un sincero testimonio de acontecimientos, sentimientos y comportamientos de la época, expresados sin artificios ni estridencias. Fue un autor prolífico: en los registros de SADAIC constan más de doscientos títulos a su nombre.

En cuanto a su lenguaje, es sencillo y cuidado; rara vez empleó el lunfardo. Tampoco se prodigó en tropos y otros bellos artificios, pero puede sorprendernos con el brillante encadenamiento de imágenes y metáforas, vertido en endecasílabos perfectos, del cuarteto inicial de Una lágrima, con música de Nicolás Verona (“Cuando rodó, cual gota cristalina, / sobre su faz, la lágrima de amor / me pareció su cara tan divina / un lirio azul besado por el sol”).

En un trabajo anterior hablamos de las letras que escribió para el tango Nueve de julio; a esa vertiente patriótica pertenece también el estilo titulado justamente Salve, patria, con música de Guillermo Barbieri y grabado por Gardel en 1925. (“Patria que, en mayo, tu anhelo / de libertad coronaste / y que tu enseña elevaste / majestuosa frente al cielo. / Quiero cantarle a tu suelo, / donde el brazo proletario / abre los surcos a diario / con su pujante entereza, / como honrando la riqueza /de tu suelo hospitalario”).

Puede advertirse una suerte de incipiente reivindicación del campesinado; esta inquietud social se manifestará con más vehemencia y claridad en el tango Vida amarga, que lleva música de Pascual Mazzeo y fue grabado por el Zorzal el 23 de septiembre de 1927 (“Cada vez que la miseria / golpea en alguna puerta / pienso como desconcierta / la suerte con su vaivén / (…) / Mudo de pena me quedo / cuando llega la pobreza / hasta la mísera pieza / de un pobre trabajador / (…) / es que yo sufro y me abato / frente al destino tirano / y ante el sufrir de un hermano / quisiera llorar con él”).

También incluyó en su temática a los episodios de la vida rural, que pintó con vivos colores, a diferencia de los matices sombríos que caracterizaron, por ejemplo, a José Alonso y Trelles. Así, en el tango Fiesta criolla, con música de Rafael Rossi, grabado por Gardel el 22 de octubre de 1927, Cárdenas describe con vigorosos trazos un sano festejo rústico, que incluye una payada de contrapunto (“Es que en la noche tan animada / el fin de la trilla se festejaba / y algunos viejos se referían / sus alegrías / junto al fogón/ (…) / Midieron su talento dos bravos payadores / (…) y los zorzales melodiosos / volcaron afanosos / su inspiración ardiente”). Cabe recordar que un gran tango de Eduardo Arolas se titula precisamente La trilla.

El encantamiento amoroso hizo brotar en la obra de Cárdenas un tono sutil que tuvo su mejor expresión en dos valses, Alicia y Rosas de abril, con música de Guillermo Barbieri y Rafael Rossi, respectivamente. En ambos, el protagonista idolatra los ojos de la amada y les atribuye poderes primigenios: en el primero, el de la vida (“con el fuego de tus bellos ojos / mantienes la vida de este soñador”) y en el segundo, el del amor (“La tarde que en tus ojos vi / el mundo de mi cielo ideal / todas mis ansias puse en ti / y desde entonces supe amar”).

El desengaño en que demasiadas veces recae el encantamiento inspiró al autor varios tangos, de entre los que se destaca, desde el oxímoron del título, Ave sin rumbo, con música del propio Gardel y de José Razzano. Aquí, el protagonista no logra sobreponerse al desencantamiento, y en un arrebato de dolor y rencor prorrumpe en un clamoroso lamento donde el amor es una pasión malvada que lo ha hundido en la desdicha (“¡Amor traidor! ¡Amor loco y banal! / ¡Yo quisiera olvidar que me has hecho traición! / ¡Que ya en mí la ternura se ha muerto / y tengo yerto mi corazón!”).

Se ha dicho que un poeta se revela como tal por la forma en que encara al dolor en su obra. Cárdenas lo hizo de distintas maneras. Así, en el tango Meditando, con música de Hugo L. Eveque, cuyos versos están dotados de gran fuerza expresiva, el protagonista asume el sufrimiento como una fatalidad, pero no lo enfrenta ni se rebela contra él sino que lo acepta; de este modo, sus penas se agotan en el lamento y no pueden elevarse a la altura del pensamiento trágico (“Llamé a la vida deseando preguntarle / si el mundo estaba lleno de ingratitudes / y ella sonriendo me dijo: ‘No lo dudes, / que donde vayas mentiras hallarás’. / Y desde entonces se agolpan en mi mente / tristes recuerdos que el alma me torturan, / falsos cariños que muestran la amargura / del egoísmo, la farsa y la maldad”.

En cambio, en El pibe, que tiene música de José Pécora, el protagonista, que dice haber logrado superar el dolor, lo niega aunque con poco éxito, pues su sombra se trasluce a través de la risa con que procura ocultarlo (“A mí no me vengan / con penas de amores / y el que males tenga/ que a solas los llore / porque a mí las penas / no me hacen mella / pues sufrí ya tanto / que ni siquiera por ella / han de verme a mí llorar. // De la amargura / nada me importa / ¡la vida es corta / y hay que reír! / (…) / Hay que matar / los indecibles desengaños / pa’ que los años / nos enseñen a gozar”).

Dos de los mejores y más conocidos tangos de Cárdenas están consagrados al retorno a los orígenes, es decir al barrio y a sus calles: se trata de Barrio viejo y Senda florida, ambos con música de Rafael Rossi y grabados por Gardel el mismo día, el 22 de diciembre de 1928.

En uno y otro caso, el protagonista emprende una peregrinación hacia el lugar que constituye para él el centro del mundo; según Mircea Eliade, el camino que lleva a ese centro es arduo “porque, de hecho, es un rito del paso de lo profano a lo sagrado”. Dice también que “el acceso al centro equivale a una consagración, a una iniciación; a una existencia ayer profana e ilusoria, sucede ahora una nueva existencia real, duradera y eficaz”. Más allá de estas sabias consideraciones, ese regreso significa para el protagonista recuperar su sentido de pertenencia y reencontrarse con su identidad.

Es así como, en Barrio pobre, manifiesta que procura rescatar glorias pasadas y confiesa además que para insuflar nuevo aliento a su vida y reavivar sus ansias de amar necesita (citamos nuevamente a Eliade) “reintegrarse en la unidad primordial de la que salió” (“Barrio, que nunca te he podido olvidar / aunque mi ausencia mucho tiempo duró. / Barrio, rincón de mi alegría, / vengo a buscar la gloria de mis lejanos días. / Quiero que sepas que no puedo vivir / lejos de tus calles cubiertas de sol / porque el esplendor / que siempre hay en ti / hace revivir mi amor”.

En los diáfanos versos de Senda florida, el protagonista evoca serenamente los años de una infancia acaso idealizada, y a través de una bella metáfora expresa la alegría transfigurada por la fuerza purificadora y regeneradora que emana del sitio natal (“Bella senda / donde mi alma / aprendió a querer, / donde con mis juegos placenteros / pasé los años primeros / que jamás han de volver. / (…) / Soy un jilguero que va volando, volando, / y su canto va dejando / con infinito fervor, / pues en tu senda que está llena de esplendores / con las más fragantes flores / hice mi nido de amor”).

Gardel le grabó, además, los tangos Ave cantora, La milonga, Perdonada y Por el llano, con música de Rafael Rossi; Besos que matan, Guaminí y Tierra hermana y el shimmy ¡Qué lindo es el shimmy!, con música de Guillermo Barbieri, así como el tango Falsas promesas y la ranchera Mañanita de campo, con música de Ángel Riverol. Completan la enumeración los tangos Flor de cardo, Soñando, Sueños, Te fuiste, hermano, Trapito y Tu mirada que tienen música, respectivamente, de Miguel Correa, Paquita Bernardo, Ciriaco Ortiz, Alberto Tavarozzi, José y Luis Servidio y Juan Rosito, el vals Mala suerte, con música de José María Aguilar y el shimmy Sonrisas, con música de Esteban González.

Eugenio Cárdenas murió en Buenos Aires el 1° de enero de 1952.

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