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 18 de noviembre de  2017
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Como los pájaros del campo

Como los pájaros del campo

Se cumplen hoy 125 años del nacimiento de Ignacio Corsini, uno de nuestros más destacados cantores nacionales.
Supo crear un estilo único, que tenía la espontaneidad de los payadores y a la vez cumplía con las exigencias de un público formado en el gusto por la ópera. En su canto estuvieron representados el gaucho y el inmigrante, la crueldad de un pasado entonces no tan lejano y las penas y alegrías de un presente que hoy añoramos.

Los inicios
Como buen cantor nacional, era gringo; rubio y de ojos celestes. Había nacido en Italia (más precisamente en Troina, provincia de Catania, Sicilia), como Alberto Marino y Alberto Morán, cantores emblemáticos de Troilo y de Pugliese, respectivamente; como Julián Centeya, José Libertella e Iris Marga; como José Portogalo, Syria Poletti y Antonio Pujía. Acaso el mensaje de La gringa, de Florencio Sánchez, no haya sido en su época tan ingenuo como ahora parece; pero esa es otra línea de pensamiento, que no viene al caso desarrollar aquí.
A los cinco años, de la mano de su madre, desembarcó en Buenos Aires; se establecieron en el barrio de Almagro. Años después encontramos a Ignacio en el distrito bonaerense de Carlos Tejedor, donde trabajó como boyero y, como él mismo contó, los pájaros le enseñaron a cantar.
De nuevo en Almagro, ya adolescente, se empleó como ayudante de albañil; al mismo tiempo, en el barrio empezó a ganarse cierta fama como cantor. Solía ir a escuchar a los payadores, cuyo arte brillaba entonces con resplandores que serían los últimos; cuentan que el que más admiraba, José Betinoti (cuyo estilo, considera Roberto Selles, habría de influenciarlo), después de escuchar al joven Ignacio, le vaticinó un gran porvenir en la canción.
En 1909, a instancias de Pepe Podestá, debutó en el teatro Apolo, iniciando una carrera de galán cantor; cantor nacional, como se les llamaba a los que cultivaban, acompañados por guitarras, un repertorio integrado por géneros folclóricos de distintas regiones del país, con predominio de los sureros.

El tango
Si bien había incursionado en el género en sus grabaciones de 1920, su consagración como cantor de tangos tuvo lugar el 12 de mayo de 1922 cuando, en el sainete El bailarín del cabaret, estrenó Patotero sentimental, de Jovés y Romero; tuvo que repetirlo tres veces, tanto fue el éxito.
A partir de entonces, estrenó en el teatro varios títulos memorables como Sombras, de Pracánico y Servetto, cuya hermosa melodía ha sido después tan poco frecuentada; Destellos, de Canaro y Caruso; Amigazo, de Filiberto, Velich y Brancatti y No te engañes corazón, de Rodolfo Sciamarella, entre otros; todos ellos fueron grabados por Gardel.
Y fuera de los escenarios, El adiós, cuya música, según refiere Selles, le llevó Maruja Pacheco Huergo y “entusiasmado por la belleza de la melodía, el cantor hizo versificar por su amigo Virgilio San Clemente y grabó en 1938”, y Betinoti, que Piana y Manzi compusieron especialmente para Corsini. 
Entre sus versiones más celebradas, podemos citar además Caminito, de Filiberto y Coria Peñaloza, que le valió el entusiasta aplauso del compositor; Griseta, de Delfino y González Castillo, y Charlemos, de Rubinstein; y, aunque se trató de piezas de menor valor que aquellas, también se hicieron muy famosas sus interpretaciones del tango catalán Fumando espero, de Viladomat Masanas y Garzo, Misterio, y de La muchacha del circo, de Matos Rodríguez y Romero, este último uno de los pocos que, como Amurado, esa gran creación de Maffia, Laurenz y De Grandis, grabaron también Gardel y Magaldi. 
Y si de curiosidades se trata, Selles apunta que, a pesar de que a Corsini no le gustaba el lunfardo, grabó Chiqué, con letra y música de Brignolo, en la que se cree es la única versión cantada; también se consideran únicos sus registros de Pelele, de Maffia, y de Milonguero viejo, de Di Sarli, con las respectivas letras de Caruso y de Carrera Sotelo. Como se sabe, este último tango está dedicado a Osvaldo Fresedo; unos de sus (inexplicablemente) muy poco conocidos versos dicen “y en los tangos del Pibe de La Paternal / sos el alma criolla que llora de amor”.
Digamos también que en 1931 grabó La canción del carretero, del compositor académico Carlos López Buchardo, con versos de Gustavo Caraballo, lo que le valió mordaces comentarios de melómanos y de críticos de la música denominada culta.
En cuanto a su vasta obra autoral, sólo trascendió el hermoso vals Tristeza criolla, cuya letra, perteneciente a Julián de Charras, refleja la decadencia de esa clase social que fue el gaucho.

La saga de Blomberg y Maciel
Todo intérprete quiere tener al menos una pieza que lo identifique: Corsini dispuso de una obra entera, la de Blomberg y Maciel. Para Raúl González Tuñón, “dos Buenos Aires se mezclaron en las obras de Héctor Pedro Blomberg [Buenos Aires, 1890-1950] (...) el del puerto abigarrado y pintoresco, laborioso y tabernario, sombrío y luminoso (...) y el Buenos Aires del candombe y el vals, el de las viejas casonas y las callejuelas tortuosas y los hondos corralones...”. Acerca de esta última vertiente, señala que “lo atrajeron los hálitos trágico-románticos de la época de Rosas, la ‘plebe rosina’, como la llamara Borges, la Mazorquera de Monserrat, el mito novelesco de Manuelita Rosas (...)”.
Esta Buenos Aires fue la que prevaleció cuando, según cuenta la tradición, su amigo Corsini le pidió que escribiera una letra para que le pusiera música su guitarrista Enrique Maciel, apodado “el Negro”, porque efectivamente lo era. Así se creó La pulpera de Santa Lucía, donde el poeta plasmó en delicados versos esa historia de amor y altruismo surgida en medio de sangrientas circunstancias, que también le inspiró un relato con el mismo título. 
Estrenado y grabado por Corsini, el vals alcanzó gran éxito, y marcó el comienzo de una obra en la que, como observó Tuñón, “el poeta transitaba una calle espectral, que daba al río, una calle del pasado terrible y poético, con ventanas con rejas en San Telmo y antiguos candiles en Monserrat”. Y en la que estuvo acompañado, nos permitimos agregar, por la aguda sensibilidad de Maciel, que se identificó con la del poeta para prolongarla en nobles melodías. 
Esta suerte de saga rioplatense incluyó varios otros títulos que también identificaron a Corsini, como La canción de Amalia, La mazorquera de Monserrat, La guitarrera de San Nicolás, Los jazmines de San Ignacio,  etcétera.
Pero también los puertos y los viajes merecieron dos hermosos tangos de este binomio: La viajera perdida y La que murió en París.

La voz y el estilo
Reynaldo Martín, prestigioso cantor, estimaba que “Corsini fue uno de los pilares fundamentales del canto criollo. Era barítono, pero cantó algunas piezas en tonalidades de tenor. En esa época, por influjo de la ópera, gustaban los registros agudos y todos cantaban muy arriba, como Magaldi e incluso Gardel en su etapa inicial; había que esperar a que a mediados de los 40 apareciera Rivero para imponer las voces graves”.
Decía también que “ayudado por su amplia tesitura, Corsini se adaptó a esa modalidad, porque era lo que exigía la gente”.
En un destacado trabajo, Selles comienza reproduciendo palabras del cantor: “Los pájaros me enseñaron la espontaneidad de su canto, sin testigos, en el gran escenario de la naturaleza. Aprendí a cantar como ellos, naturalmente y sin esfuerzo”. E infiere: “Precisamente, su canto tuvo esa cosa simple, de pueblo, sin la interferencia de lo asimilado en el conservatorio. Fue, por lo tanto, un cantor criollo, sin alardes de virtuosismo (...)”.
Y nos comenta: “Centeya dijo de Castillo que era el cantor que no se parecía a ningún otro; yo digo lo mismo de Corsini”.
Martín encontraba que Corsini “creó un estilo que tuvo como continuador a Vargas, que lo adaptó a la orquesta de D’Agostino”. Selles coincide, y acota: “Y tuvo dos imitadores, Manuel Oreiro y Enzo Valentino”.

El retiro
Cuentan que la vida de Corsini, calificada por su hijo como disciplinada, no tuvo pasajes oscuros: era hombre de palabra y de familia, poco amigo de farras y de calaveradas, de gesto aplomado y corazón bondadoso: por todo ello se ganó el apodo de “el caballero cantor”. En 1911 se casó con Victoria Pacheco y su matrimonio se prolongó hasta la muerte de ella, treinta y siete años después. Entonces decidió dejar de cantar y se recluyó en su casa de Almagro; interrumpió el retiro una sola vez, cuando participó en un programa de televisión realizado en su homenaje. Murió el 26 de julio de 1967. 
Como buen tano laburante, había querido que su único hijo estudiara “de dotor”, y lo logró. Devenido en médico el vástago, demostrando estar tan orgulloso del título como el padre, no dudó en anteponer la abreviatura que así lo acreditaba a su nombre –heredado de aquel– cuando, seguido de la inicial filial, lo estampó en la cubierta del libro de su autoría Ignacio Corsini, mi padre, editado en 1979.

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