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 23 de noviembre de  2017
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El preludio del Gran Octubre

El preludio del Gran Octubre

Hoy se cumplen cien años de la revolución rusa de febrero de 1917 [marzo, según nuestro calendario]. Aquellas jornadas determinaron el derrocamiento del zar y la apertura de un conjunto de luchas entre la revolución y la contarrevolución, que culminó en el triunfo proletario de octubre.

Rusia había ingresado en la Primera Guerra Mundial como aliada de Francia e Inglaterra, países a los que estaba vinculada por una serie de tratados económicos, políticos y militares que iban desde el aporte de capitales hasta el reparto del mundo en zonas de influencia. Si bien desde fines del siglo XIX Rusia había experimentado un notable desarrollo del capitalismo, sobre todo en Petrogrado y Moscú, no estaba en condiciones de enfrentarse a una potencia de la envergadura de Alemania. Las tropas rusas mal armadas, peor vestidas y alimentadas, terminaron por ser derrotadas en los principales frentes de guerra. Las derrotas militares aceleraron la desorganización económica, incrementaron las luchas huelguísticas, en particular a partir de enero de 1917, y estas fueron creando las condiciones para el derrocamiento del zar, vale decir, de la autocracia y de las reminiscencias del feudalismo.

Al respecto, señala Trotski: “El 23 de febrero [8 de marzo en el calendario que nos rige] era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el comité de la barriada de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas –como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada– estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto (…) El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo (…) Al día siguiente, el movimiento huelguístico, lejos de decaer, cobró mayor incremento: el 24 de febrero huelgan cerca de la mitad de los obreros industriales de Petrogrado”.

A medida que se incrementaba el movimiento huelguístico, las consignas y reivindicaciones asumían un rasgo netamente político. Estamos en presencia de una huelga política de masas. La consigna de “Pan” dejó paso a las de “Abajo la autocracia” y “Abajo la guerra”. El proletariado intuyó y se propuso el derrocamiento del zar y poner fin a la guerra interimperialista. Es importante reparar en la relación que se estableció entre los obreros y los soldados y policías. Mientras con estos últimos la relación era de enfrentamiento –se asaltaron comisarías, se buscaba desarmar a los policías y a los agentes de los servicios del zar–, muy distinto era el vínculo con los soldados. Los obreros trataban de atraer a los soldados al campo de la revolución. A medida que pasaban los días, se incrementaba la influencia de las reivindicaciones obreras en las masas de soldados. Estos se fueron pasando del lado de los obreros y el zarismo se quedó sin fuerzas represivas en Petrogrado. Incapaz de reprimir el movimiento de masas, el gobierno cayó como una fruta podrida. La burguesía se apresuró a formar, desde la Duma, un gobierno provisional, mientras los obreros y soldados constituían un soviet. Se abrió, entonces, un período de dualidad de poder: por un lado, el gobierno provisional de la burguesía y, por el otro, el soviet de diputados obreros y soldados, embrión de la dictadura revolucionaria de obreros y campesinos (porque los soldados eran en su mayor parte campesinos vestidos de soldados).

Cuando se produjo la revolución de febrero, Lenin se encontraba en el exilio en Suiza. Inmediatamente, el 6 (19) de marzo de 1917, envió un telegrama a los bolcheviques que regresaban a Rusia, donde instruía: “Nuestra táctica: total desconfianza; ningún apoyo nuevo gobierno; sospechamos especialmente de Kerensky; única garantía armar proletariado; elecciones inmediatas para Duma Petrogrado; ningún acercamiento a otros partidos. Telegrafíen esto a Petrogrado”.

Poco después, en sus “Cartas desde lejos”, Lenin emprendió un análisis del proceso iniciado en Rusia. “La primera revolución, engendrada por la guerra imperialista mundial, ha estallado. Seguramente, esta primera revolución no será la última. La primera etapa de esta primera revolución, concretamente la revolución rusa del 1º de marzo de 1917, ha terminado, a juzgar por los escasos datos de que se dispone en Suiza. Seguramente, esta primera etapa no será la última de nuestra revolución. ¿Cómo ha podido producirse el ‘milagro’ de que solo en 8 días (…) se haya desmoronado una monarquía que se había mantenido a lo largo de los siglos y que se mantuvo, pese a todo, durante tres años –1905-1907– de tremendas luchas de clases en las que participó todo el pueblo?”, se preguntaba. Y respondía que sin la revolución rusa de 1905 no hubiera sido posible que la revolución de febrero de 1917 derrocase en ocho días al zarismo. Sin la experiencia adquirida por el proletariado en 1905-1907, sin las luchas revolucionarias del año 1905, sin el delineamiento de las distintas clases y sus partidos en esos años, no hubiera podido el proletariado adquirir la conciencia necesaria para derrocar en pocas jornadas al zarismo. En otras palabras, los obreros que protagonizaron la revolución de febrero de 1917 no eran cualquier obrero, sino obreros que ya habían pasado por la experiencia de una revolución. Asimismo, no todo se agotaba en la experiencia de 1905-1907, sino que fue necesario que apareciese un acelerador de los procesos históricos y ese acelerador fue la guerra imperialista mundial que agudizó las contradicciones y antagonismos de clases, y que impulsó a las masas a la acción en contra de la autocracia. Y hubo un tercer factor: la burguesía rusa y sus aliados, las burguesías de Francia e Inglaterra, temían que el zar suscribiese una paz separada con Alemania, y eso la impulsó, en las jornadas de febrero, a desplazar al zar, asumir el gobierno y continuar la guerra imperialista.

Al regresar a Rusia, en “Las tareas del proletariado en nuestra revolución”, Lenin trazó un brillante análisis de la revolución en curso y de la política que debían desplegar el proletariado y el partido revolucionario, es decir, los bolcheviques. Esto afirmaba: “1.- El viejo poder zarista, que solo representaba a un puñado de terratenientes feudales, dueños de toda la máquina del Estado (ejército, policía, burocracia), ha sido derribado, barrido pero no aniquilado. La monarquía no está formalmente abolida. La banda de los Romanov continúa urdiendo intrigas monárquicas. La inmensa propiedad de los latifundistas feudales no ha sido suprimida. 2.- El poder del Estado ha pasado, en Rusia, a manos de una nueva clase: la burguesía y los terratenientes aburguesados. Por consiguiente, la revolución democrático-burguesa, en Rusia, ha terminado. (…) 5.- La peculiaridad esencial de nuestra revolución, la que requiere más imperiosamente una atención bien profunda, es la dualidad del poder, nacida ya en los primeros días que siguieron al triunfo de la revolución. Esta dualidad de poder se manifiesta en la existencia de dos gobiernos [el gobierno provisional y el soviet de diputados obreros y soldados] (…) No cabe la menor duda de que esta ‘amalgama’ no puede durar mucho tiempo. En un Estado no pueden existir dos poderes. Uno de ellos debe quedar reducido a la nada (…)”. Y toda la burguesía unió sus fuerzas para suprimir el soviet de diputados obreros y soldados, es decir, el embrión del gobierno obrero y campesino.

Para concluir este examen de la revolución de febrero, citamos una vez más al propio Lenin: “La dualidad del poder solo viene a expresar un período transitorio en el curso de la revolución, el período en que esta ha rebasado ya el marco de la revolución democrático-burguesa corriente, pero no ha llegado todavía a la dictadura ‘neta’ del proletariado y el campesinado”.

Fuentes consultadas

Lenin, V.I. “Telegrama a los bolcheviques que regresan a Rusia”, en Obras Completas, Tomo XXIII, Buenos Aires, Cartago, 1957.

Lenin, V.I. “Cartas desde lejos”, en Obras Completas, Tomo XXIII, Buenos Aires, Cartago, 1957.

Lenin, V.I. “Las tareas del proletariado en nuestra revolución”, Tomo XXIV, Buenos Aires, Cartago, 1957.

Trotski, L. Historia de la Revolución Rusa, Tomo I, Madrid, Sarpe, 1985.

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