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 18 de noviembre de  2017
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El cruce de Los Andes

El cruce de Los Andes

Hoy se cumplen doscientos años del inicio del cruce de la cordillera de los Andes por el ejército sanmartiniano. Una verdadera epopeya que comenzó el 19 de enero de 1817. No fue simplemente la lucha contra adversidades de la naturaleza sino una lucha donde el medio geográfico se tornaba espacio social, vale decir humano, con una ideología clara: la independencia y la unidad continental.

El general José de San Martín había comprendido que Lima, capital del Virreinato del Perú, era el centro de todos los movimientos contrarrevolucionarios en América del Sur. Hasta que no cayese Lima no estaría garantizado el triunfo de la emancipación continental. Consideraba que la ruta altoperuana (Bolivia) estaba vedada para la revolución. Las sucesivas derrotas del Ejército del Norte así lo certificaban. En el Norte era necesario desarrollar una guerra defensiva, de contención, de partidas, para lo cual eran suficientes las milicias gauchas de Martín Miguel de Güemes. Mientras se formaba un ejército de Mendoza, se planeaba el cruce de los Andes para liberar Chile y llevar vía Pacífico la campaña libertadora al Perú.

San Martín decía: “Lo que no me deja dormir es no la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes”. El cruce se realizó a una altura promedio de 3.000 metros, a través de seis pasos distintos. El grueso del ejército cruzó por los pasos de Los Patos y de Uspallata; cuatro columnas menores avanzaron por pasos ubicados al sur y al norte de estos, con el objetivo de confundir y distraer al enemigo.

“Notemos, antes de proseguir –dice el Padre Guillermo Furlong S.J.– en esta lucubración, que la voz ‘paso’ es muy inexacta, ya que no hay pasos en la cordillera. Si por pasos se entienden abras, callejones o desfiladeros más o menos planos entre montes, más o menos ingentes. Existen sí desfiladeros, pero no es dado transitar por ellos, esto es, no en el fondo sobre el suelo firme y seguro, sino en las alturas y por caminos abiertos a pico, entre los cien y los quinientos metros de altura sobre el fondo de las cortaduras o lecho de los ríos. Tanto si se va por Uspallata como por Los Patos, que son los caminos más viables, y fueron los elegidos por San Martín, solo hay como un décimo de trayecto, donde se va en las bajuras y no en las alturas”. Por allí pasó un ejército formado por 5.423 hombres, 9.280 mulas, 1.500 caballos y 16 piezas de artillería; aunque, como veremos, el cruce fue minuciosamente planificado, hubo bajas tanto de hombres como de animales. Se trató de un desafío que llevó a San Martín y sus hombres por empinadas y tortuosas huellas, por pequeños senderos, por inenarrables cornisas que, en más de una oportunidad, hicieron avanzar al ejército en fila india.

Numerosos fueron los problemas a los que tuvo que hacer frente San Martín. En primer término, el intenso frío de la cordillera, particularmente de noche. El general de los Andes había dispuesto que sus hombres fueran provistos de ponchos y recibiesen una ración diaria de aguardiente, que sus tamangos o zapatones altos y anchos estuviesen especialmente forrados con lanas, y que se encendiesen fogones durante la noche (aunque numerosas veces esto no se hacía para no alertar al enemigo). En segundo término, estaba el problema del agua. Ironía al fin, pero en una cordillera donde hay agua, en realidad, no hay agua. Esto se debe a que las sendas por las cuales cruzaban los hombres están separadas por un precipicio de 100, 200, 500 o más metros de montaña tan perpendicular que no hay cómo bajar ni cómo subir. En tercer término, y tal como señala el Padre Furlong, “no hay agua, sino en contadas ocasiones, pero no hubo entonces, ni hay al presente pasto adecuado para las bestias, ni leña alguna para los fogones, fuera del valle de Uspallata y del valle Hermoso (…). Fue pues necesario llevar a lomo de mula todo el necesario forraje para alimentar las 10.000 bestias durante unos veinte días”.

También se trasladaron desde Mendoza todos los comestibles para los hombres, a lomo de mula o en las mochilas. Se llevaron galletas de harina, maíz tostado, vino, aguardiente, ajos y cebollas. Estos últimos eran necesarios para combatir el mal de altura o soroche.  

San Martín formó el Ejército de los Andes cuando se desempeñó como gobernador intendente de Cuyo. Contó con el apoyo del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón.

Pero ¿quiénes eran los soldados del Ejército de los Andes? Hombres que fueron reclutados mediante levas, “vagos”, gauchos y esclavos libertos. No debemos olvidar que parte de los que hicieron las campañas sanmartinianas eran negros y mulatos, la población afro que vertió su sangre para la libertad de América.

Asimismo, debemos insertar el cruce de los Andes dentro de la estrategia continentalista de San Martín. Recordemos que el año 1816 tuvo una significativa importancia para la emancipación continental: todos los movimientos revolucionarios que habían sacudido a la América española –en el caso del Río de la Plata desde 1806, pero para el continente en su conjunto desde 1808­– habían sido derrotados. Toda la América, salvo el Río de la Plata, volvía a estar bajo el yugo del absolutismo borbónico. Nada quedaba de los levantamientos mexicano, granadino, quiteño, chileno y venezolano. Y la adversa situación continental americana se veía fortalecida por la derrota de Napoleón Bonaparte, las restauraciones monárquicas, el principio legitimista de las diferentes Casas Reales y la Santa Alianza para enfrentar cualquier conato de revolución. En este contexto histórico se reúne el Congreso de Tucumán, que declara la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, fundamento jurídico y político de la campaña libertadora de San Martín. Cuando este cruza los Andes para liberar a Chile no está liberando otra nación, sino que está prosiguiendo la liberación de la nación sudamericana. Y es insertándonos en esta concepción donde la epopeya de los Andes adquiere toda su dimensión social.

Refiere Bartolomé Mitre citando a San Martín: “Al ejército de los Andes queda la gloria de decir: ‘En veinticuatro días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos la libertad a Chile’”. En efecto, una vez en Chile, las filas principales se reunieron y avanzaron sobre los realistas que fueron vencidos en la batalla de Chacabuco el 12 de febrero de 1817. Chile se separó finalmente de las Provincias Unidas declarando su independencia bajo el amparo de San Martín y su ejército: esto ocurrió al festejarse el primer aniversario de Chacabuco, el 12 de febrero de 1818.

Finalmente, y para subrayar la hazaña que significó el cruce de los Andes, volvemos a citar al Padre Furlong: “Solo quien ha cruzado la cordillera, en tren o en auto, puede formarse alguna idea de lo que fue cruzarla en 1817, ya que para aproximarse a la realidad de entonces, es menester eliminar la amplia carretera que hoy existe; es menester suprimir la mayoría de los puentes y el túnel de que se valen, así los trenes como los autos, para acortar distancias y evitar terribles ascensos y descensos. En 1817 nada de eso había. La carretera no era tal, solo era un camino, de treinta o cincuenta centímetros de anchura, desigual y pedregoso. Era un camino de mulas y había que viajar con la lentitud de esos animales”.

 

Fuentes consultadas

Furlong, Guillermo S.J. “El Paso de los Andes”, en Luna, Félix, 500 años de Historia Argentina: San Martín (1):Vida privada y pública, Buenos Aires, Siete Días, 1988.

Mitre, Bartolomé. Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana, Buenos Aires, Eudeba, 1978.

Pérez Amuchástegui, José Antonio. Ideología y acción de San Martín, Buenos Aires, Eudeba, 1966.

 

 

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