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 15 de diciembre de  2017

4 de agosto de 2010 

A 110 AÑOS DEL NACIMIENTO DE ILLIA

Recordando a un estadista

 

Por Haydée Breslav 

Hoy se cumplen 110 años del nacimiento de Arturo Umberto Illia, presidente constitucional de los argentinos entre 1963 y 1966. Su derrocamiento, y los momentos que lo precedieron, merecen figurar entre los más miserables de la historia argentina del siglo XX.


Gustavo Vivo, docente de Derecho Constitucional en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, es hijo de quien se desempeñó como director de la Secretaría Privada de la Presidencia durante el gobierno de Illia; en los párrafos que siguen, recuerda distintos aspectos de la vida y obra del destacado hombre civil.

“Illia fue un estadista”, define Vivo, y precisa: “No necesitó mentirle al pueblo para llegar ni hizo lo contrario a lo comprometido en la campaña electoral. Para gobernar se aferró a las bases de acción política y al programa de la Unión Cívica Radical. Sencillamente, cumplió con la palabra empeñada”. (Por nuestra parte, recordamos que durante esa campaña hizo caso omiso de los asesores de imagen que le aconsejaban retocarse las canas, porque consideraba que “eso también era fraude”).
En cuanto a los hechos de su gobierno, las cifras son elocuentes: “Con aquella gestión quedó demostrado que es posible conjugar la libertad con el desarrollo material, la honradez con la eficiencia. En aquel tramo de apenas 33 meses, el PBI fue de -2,4% (1963) a 10,3% (1964) y 9,2% (1965); el crecimiento de la industria en el periodo 1964-1965 fue el más alto registrado en la Argentina: 35,3%, y el del agro fue auspicioso: 7% (1964) y 6% (1965). La participación de sueldos y jornales en el ingreso bruto se incrementó del 36,5% en 1963 al 38% en 1965 y al 41,4% en 1966. La desocupación se redujo del 8,8% (1963) al 7,4% (1964) y 6,1% (1965). Fue el único gobierno que no solamente no aumentó la deuda externa, sino que la redujo en casi un tercio: de u$s 3.390 millones a u$s 2.650 millones”.
Los logros no se limitaron a los aspectos económico y social. “Además, las libertades públicas encontraron su ámbito espacial de realización colectiva. Como Quino dijera alguna vez, con Illia fue realidad aquello que nos enseñaron en la escuela”, continúa Gustavo Vivo.
Sin embargo, su gobierno se vio hostigado por una cerril oposición en los frentes político y gremial, y hasta intelectual, así como por un infame operativo de prensa que logró calar en amplios sectores de la opinión pública, mientras los militares estaban al acecho. “Fue intensamente combatido: por una izquierda que nunca entiende nada, y por la derecha que se daba cuenta; por los grupos de poder –internos y externos– afectados en sus privilegios a partir de las decisiones de ese gobierno. Una prensa mercantil y abyecta sirvió a aquellos intereses. La sociedad argentina se dejó deslumbrar con el espejismo de las ilusiones rápidas y directas. No se creía en la democracia y sus instituciones. Muchos se arrepintieron después: gracias a Dios, él pudo verlo, pero convengamos en que el daño al país ya estaba hecho”.
El derrocamiento de Illia inició una etapa trágica, y truncó una Argentina que pudo haber sido. “Su desgraciado derrocamiento por hombres que ni siquiera merecen mencionarse abrió un tiempo cuyas consecuencias todavía hoy estamos sufriendo. Creo que hasta ese momento, la Argentina no sólo tenía  posibilidades de despegar, sino la oportunidad de hacerlo; por eso fue criminal su derrocamiento, que tuvo lugar en la madrugada del 28 de junio de 1966. A propósito de esto, es común que hoy se diga, livianamente, que los radicales nunca terminan sus gobiernos; yo diría, como señaló Yrigoyen, que Illia (y después Alfonsín) prefirieron caer con el honor intacto a sostenerse con el aplauso de los enemigos del país”.
Aunque se trata de un hecho conocido, no está de más recordar que el golpe que lo derrocó estuvo ligado a intereses de grandes grupos económicos. “Así como del derrocamiento de Yrigoyen se dijo que tuvo olor a petróleo, del de Illia podemos decir que tuvo olor a petróleo y a medicamentos. La anulación de los contratos petroleros suscriptos por YPF entre el 1° de mayo de 1958 y el 12 de octubre de 1963, y que el Congreso declaró 'leoninos', había sido un compromiso electoral; sobre su significación basta con señalar, a modo de síntesis, lo que dijo [el entonces presidente de Estados Unidos, John F.] Kennedy (quien había enviado un representantes especial, Averell Arriman): ‘Es un acto de soberanía económica ejercido por el gobierno argentino’”.
Y prosigue: “El otro gran tema donde debemos rastrear las causas de su derrocamiento está en la ley de medicamentos. Desde luego que no se pretendía limitar el desarrollo de la industria, pero sí protegerla de las fuerzas del mercado, a partir de considerar a los medicamentos como bienes sociales al servicio de la salud pública. En ese sentido, comenzó por estudiarse la cadena de costos en la producción, como así también la calidad de los productos; y, mientras se debatía la ley, se logró que el Congreso dispusiera el congelamiento de los precios. Lo cierto es que los laboratorios no podían explicar los costos, y tampoco presentaron una explicación de la calidad de sus productos. A los diez días de la caída del gobierno de Illia, el de facto liberó los precios de los medicamentos”.
Un episodio ocurrido durante la última dictadura habla de la claridad de su conducta e ideas. “Tras la recuperación de las Malvinas en 1982, no se subió al avión con Galtieri, aunque sí se dirigió al Sur a izar una bandera en una escuela”.
Y nos relata otro episodio, menos conocido: “Ese mismo año, después de la renuncia de Galtieri, se promovió –creo que impulsada por Alfonsín– la idea de formar un gobierno nacional que condujera la transición a la democracia: ese gobierno lo presidiría Arturo Illia”.   
Como otros grandes presidentes del pasado, murió en la austeridad en que había transcurrido toda su vida. “Illia falleció el 18 de enero de 1983; no pudo ver a Alfonsín presidente. Sus restos descansan en el Panteón de la Revolución del 90. Son imborrables, para mí, los recuerdos de su velatorio en el Congreso: los militares, que ya estaban en el final, tuvieron el descaro de mandar una corona; se la tiró por allí, no podía permitirse que quedara en el recinto. Luego, el sepelio fue una gran marcha de la civilidad, que le rendía su homenaje”.
Y concluye: “Al cumplirse un nuevo aniversario de su nacimiento, nos parece valioso recordar y honrar al doctor Arturo Umberto Illia. Con este repaso, tratamos de encontrar ejemplos y el camino a seguir. Por cierto, él no nos reclama el homenaje; somos nosotros (todos los argentinos) quienes necesitamos hacerlo”.

Más vale morir que odiar y temer; más vale morir dos veces que hacerse odiar y temer; esa deberá ser un día la suprema máxima de toda sociedad políticamente organizada.
Texto de Nietzsche, citado por Illia en un discurso pronunciado poco antes de su derrocamiento.

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