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 18 de noviembre de  2017

10 de diciembre de 2008

CONTINUAMOS HOMENAJEANDO A VILLA GENERAL MITRE EN SU CENTENARIO CON...

Un pequeño y agitado paseo

Por Graciela Niosi y Lydia Schiuma

A través de una carta imaginaria, tratamos de reconstruir cómo era Villa General Mitre en sus albores, desde la óptica que pudo haber tenido una niña que vivía en el casco histórico de la ciudad y que visitaba el barrio por primera vez. La descripción está totalmente basada en los censos de 1895 y 1905, diarios de la época y relatos de vecinos.

 

Buenos Aires, 10 de diciembre de 1908

Querida Ester:

Sé que estás disfrutando de tus vacaciones en la casa de tu abuela en Talleres.
Mamá, mi hermana Elena y yo fuimos a visitar a Tío Orestes y Tía María, que viven en Villa General Mitre. Te cuento.
Cuando subimos al Ferrocarril Oeste, en esa fresca mañana de diciembre, todas llevábamos abrigo, bajamos en la estación San José de Flores y comenzamos a caminar por la calle Sudamérica hacia el norte. Luego de más de diez cuadras llegamos al Camino de Gauna o Gaona, como le dicen algunos. Es una calle un poco más ancha que las otras, pero de tierra como todas las de la Villa. Al cruzarla ya veíamos el arroyo. Algunas casas tenían vereda completa, otras sólo un caminito de dos ladrillos y los baldíos. Nada.
En algún potrero sin cerco pastaban caballos sueltos. Doblamos por Gaona para el lado del Centro. Cada vez había menos casas. Algunos terrenos tenían varias manzanas y cortaban las calles.
Antes de llegar a Boyacá, vimos una majada de ovejas y en la esquina nos encontramos frente a un horno de ladrillos.
Seguimos caminando. Ahora eran las once. Se estaba sintiendo el calor. No había árboles en las calles. En los terrenos más grandes pastaban vacas lecheras, algunas vacas criollas, y se veían gallinas, alguna que otra mula, alguna cabra…
De pronto, como un bólido, pasó a nuestro lado un cerdo y dobló en la esquina. Poco después aparecieron tres chicos gritando:
–¡Piturro! ¡Piturro! ¿Vieron pasar un chancho?
Les dijimos hacia dónde había ido y siguieron corriendo.
En algunas propiedades un hombre roturaba la tierra con un arado tirado por un solo buey. En la calle Vírgenes vimos una escuelita construida en madera. Después supimos que es la única en la Villa. Cruzamos el arroyo Maldonado, apenas un pequeño hilo de agua, por el puente de la calle Bella Vista.
Llegamos a casa de Tía María justo a la hora de almorzar. La caminata nos había abierto el apetito. Ella nos esperaba con un puchero delicioso. Después de almorzar descansamos en la galería.
Por la tarde, luego de tomar la leche, acompañamos a nuestros primos hasta la Farmacia Sudamérica, en la esquina que forman la calle de ese mismo nombre y Monte Dinero. Todas las calles son de tierra. No existe ningún medio de transporte que llegue o atraviese la Villa.
Los pájaros cantaban como si estuviesen de fiesta. Luego, cruzamos por el puente y en el almacén de ramos generales completamos las compras encargadas por la tía. De regreso, al llegar a Deseado y Zamudio, vimos pasar a un grupo de muchachitos corriendo “como alma que lleva el diablo”. Detrás, a caballo, los perseguía un policía. Manuel, uno de mis primos, dijo:
–Ese es Pisahuevos, de la Comisaría 35. Los corre porque juegan a la pelota.
–¿Por eso los corre? Si es un juego…
–Es por los pelotazos. No sabés cómo quedan los almácigos y los plantines recién transplantados en la quinta de papá y en la de los vecinos. Los quinteros estaban desesperados y le pidieron al comisario que haga algo.
Y en voz muy baja, como avergonzado por lo que decía, agregó:
–A mí también me gusta jugar a la pelota.
Tuvimos que apurarnos porque hacia el Este se iban acumulando unas nubes muy oscuras. Hacía mucho calor. Había anochecido. En las casas se iban encendiendo los faroles de petróleo. Las calles estaban muy oscuras. Eran muy pocas las que tenían algún farol de alcohol. Al llegar, cenamos y, rendidos, nos acostamos temprano.
Al amanecer sentimos truenos y comenzó una copiosa lluvia que duró largo rato. Oímos el ir y venir de los mayores pero volvimos a dormirnos. A eso de las ocho de la mañana, Tía María nos alcanzó el desayuno y nos dijo que no nos levantáramos. Al sentarme en la cama, descubrí que la habitación estaba llena de agua. Por suerte, nuestras camas eran altas, pero, aunque el ropero tenía patas, el agua había invadido el primer estante.
Mis primos no perdían la oportunidad en que los tíos se descuidaban para salir a la calle inundada y jugar en la parte en la que se había acumulado más agua, como si fuera una laguna.
Tío Orestes y otros hombres, ayudándose con palos, que les permitían tantear el terreno bajo el agua y evitar caer en algún pozo, salieron a recorrer el barrio. Al volver, contaron que, en la parte más baja, el carro de bomberos tuvo que rescatar a un vecino que se había refugiado arriba de un ropero, porque el agua, en su casa, había llegado más arriba que la mesa.
Cerca de las doce del mediodía, el agua que, según nos contaron, había subido rápido, comenzó lentamente a bajar. Los adultos, silenciosos, comenzaron la tarea de lavar y desinfectar con Agua de Jane todos los pisos y objetos que habían sido alcanzados por la inundación. Luego, mientras Tío Orestes aseaba el gallinero y revisaba a todos los animales, Tía María lavó y tendió la ropa, aunque todavía lloviznaba.
Hacía frío. Tía María nos sirvió un plato de polenta que nos reconfortó.
Mamá fue hasta la Farmacia Sudamérica, que permite a todos los vecinos usar su teléfono, y se comunicó con el negocio en que trabaja papá para tranquilizarlo. El le dijo que iba a venir a buscarnos al día siguiente.
Pasamos la tarde jugando a la lotería con nuestros primos. El día seguía muy húmedo y la llovizna no cesaba. Antes de acostarnos dejamos todas nuestras cosas preparadas para el regreso. Al amanecer, por suerte, comenzó a soplar el Pampero.
Papá llegó alrededor de las diez de la mañana. Nos despedimos y comenzamos el regreso. Tío Orestes nos acompañó y nos dio unas ramas que nos sirvieron de bastón. El paisaje, tan hermoso y alegre dos días antes, era ahora lúgubre y peligroso. Papá sostuvo a mamá para que no se caiga. Nosotros resbalamos varias veces.
Tío Orestes comentó con tristeza que todo lo sembrado se había perdido y recordó el esfuerzo que tuvieron que hacer para comprar la quinta. Las calles estaban intransitables. No sólo por la falta de veredas. Lo peor era la falta de cunetas y de pasos de piedras en las esquinas
–Tampoco hay cloacas ni agua corriente– recalcó el tío.
Nosotros estábamos apesadumbrados al ver la transformación que había sufrido la Villa que, de ser un paraíso, en pocas horas se transformó en un pantano.
Bueno, querida Ester, espero que tus vacaciones tengan un final más feliz que nuestro pequeño paseo.
Un abrazo de tu amiga
                                            Julia

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